Los excesos interpretativos de
Nicolas Cage encuentran aquí su perfecta justificación, en un filme al estilo
Grindhouse (obra del maestro
Quentin Tarantino, en compañía de su amigo y siempre espectacular director
Robert Rodríguez, una especie de guiño al cine de serie B con una banda sonora acorde) que no logra ser tan malo como los mejores títulos del género ni tan bueno como las recientes muestras (aunque se acerca más a la primera clasificación). Sus injustificadas grandes dosis de violencia, sangre y acción no son el gran problema de esta película en comparación al enorme lastre que supone un pésimo guión y una gran falta de energía en su tramo final.
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