Aunque me resultan familiares los títulos de prácticamente todos los álbumes que conforman las aventuras de
Tintín, pues en mi infancia era habitual oír hablar de ellos, no soy ni he sido nunca un fervoroso lector de las peripecias del personaje creado por
Hergé, de quien apenas recuerdo, en aquella lejana época, la lectura de un par de sus aventuras: por un lado, la del díptico formado por
Objetivo: la luna (1953) y
Aterrizaje en la luna (1954), y por otro la de
Las siete bolas de cristal (1948); tal vez alguna más, aunque de ser así la memoria me traiciona al respecto y ha sumido por completo su recuerdo en el olvido.
(Leer crítica completa...)