Battle of the damned se postulaba desde su concepción como una digna sucesora de la trilogía Terminator (el cuarto título está tan alejado de la esencia de la franquicia que tan siquiera puede considerarse parte de ella) al compartir idéntica temática (al igual que con muchas otras, pues el clásico conflicto entre humanos y máquinas capaces de sublevarse no es precisamente nuevo) y presentar unos efectos especiales de infarto (la fotografía obra de Roger Chingirian luce espléndida, al igual que la articulación de la mecanización) en relación al escueto presupuesto dispuesto, y aunque el hecho de que fuera lanzada directamente al mercado doméstico en el siempre contemplativo territorio estadounidense hacía sospechar que lo que se presumía en un principio genial finalmente no iba tan siquiera a aproximarse al nivel medio que esta clase de largometrajes alcanzan, en no pocos aspectos supera con creces las exigencias que suscita; realizando el análisis como es debido, es decir, en consecuencia a la validez del producto en sentido global, la curiosidad felizmente no se confunde con la mediocridad (algo que suele ser habitual) y la originalidad no brilla por su ausencia sino por su uso al contar con todos los clichés del subgénero al que pertenece sin caer en la linealidad y simpleza argumental de una trama que no está exclusivamente urdida para ensalzar la portentosa figura del salvador de turno, Dolph Lundgren (tanto indudable protagonista como productor ejecutivo), quien se desenvuelve con soltura tras las cámaras al desigual ritmo que marca tanto direccional como escrituralmente Christopher Hatton, cuya última propuesta, Robotropolis, sirve como punto referencial aun habiendo pasado tres años entre una y otra al guardar grandes semejanzas ambas (especialmente en cuanto al aspecto de los invasores se refiere, sino exacto sospechosa y claramente análogo). (Leer crítica completa…)

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