Cosmopolis (David Cronenberg, 2012) (Sitges (2012)

«Dejaremos que se exprese». Esa es la respuesta que recibe Eric Packer (Robert Pattinson) en Cosmopolis al preguntar a un médico, en una de sus acostumbradas revisiones físicas diarias, si piensa hacer algo respecto a un pequeño bulto o pústula que ha aparecido en su cuerpo recientemente. A Cronenberg siempre le han fascinado los cuerpos que se expresan, y en Cosmópolis hay varios que debido a ello sufren severas transformaciones a lo largo del relato: el cuerpo de Eric, por supuesto, pero también el de ese gran cuerpo que es la ciudad de Nueva York, la cual sufre alteraciones físicas a consecuencia del trascendental cambio mental que se ha operado en sus habitantes, y también en ese sofisticado cuerpo tecnológico, una limusina que parece tener vida propia, con la que el protagonista pretende atravesar de punta a punta la ciudad el día menos indicado para ello: se suceden los atentados contra personajes relevantes de la economía, la política, etc., el presidente de los Estados Unidos está de visita en la ciudad, y como consecuencia se ha desplegado por las calles todo un complejo y opresivo mecanismo de seguridad para salvaguardar su seguridad, un cantante de rap con conciencia social ha fallecido, y el multitudinario seguimiento en el exterior de su comitiva fúnebre está ocasionando atascos…en fin, toda una serie de acontecimientos que ocasionarán que el trayecto en limusina de Eric devenga toda una alucinada odisea física y mental a la altura de nuestros tiempos (es decir, sin heroicidades de ningún tipo), pero barnizada con una densa capa de cinismo, frialdad y mala leche.

Los tiempos que nos han tocado vivir, marcados por la falta de unos objetivos vitales concretos (antes más evidentes) para los habitantes de una gran ciudad, la presencia cada vez mayor de la abstracción en la vida (sobre todo mental) de las personas, la confusión existencial, la fusión entre el ser humano y la tecnología, y también  la relación entre poder y tecnología, la alienación del individuo, la distancia emocional que, lenta pero inexorablemente, se ha impuesto entre las personas…, todo ello queda reflejado convenientemente en el mundo abstracto que recrean las imágenes de Cosmópolis: un mundo lamentablemente fracasado.

Cronenberg sale considerablemente airoso de su adaptación del Cosmópolis literario de Don DeLillo, y lo hace, en primer lugar, gracias a su sobrio y sutil, pero también elocuente, trabajo de puesta en escena. El realizador es capaz de transformar por momentos el interior de la limusina en la que viaja Eric, gracias a la sabia elección de una posición de cámara, de un ángulo, en todo un escenario digno del cine de ciencia-ficción. También consigue que los constantes destrozos (expresiones del cuerpo, decía líneas arriba) que sufre la limusina en su lento avance por las calles de la ciudad se conviertan en todo un símbolo visual de los cambios en la sociedad que están por llegar. Si esos cambios serán para beneficio de todos o no, esto sólo el tiempo lo dirá.

En líneas generales, Cosmópolis me parece un buen film, y también una atractiva adaptación cinematográfica de un material literario algo complicado, pese a que Cronenberg parezca estrellarse un poco en su manera de afrontar el tramo final del relato: pretendiendo ser excesivamente fiel a las palabras de DeLillo, el realizador consigue anular el efecto perturbador que unos diálogos y una situación (el encuentro final de Eric con el extraño Benno Levin) tenían en el libro, y que devienen paradójicamente lo peor del film, tanto porque la situación mencionada deviene excesivamente estirada, como porque la interpretación de Paul Giamatti, el actor que da vida a Benno, resulta un poco excesiva. La secuencia deviene un buen ejemplo, en todo caso, de que en ocasiones el exceso de literalidad en la traslación de un relato escrito al cine puede hacer colisionar  negativamente dos lenguajes distintos, y a veces opuestos.

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