Pieta, de Kim Ki-duk (Sitges 2012)

Pieta (2012)

Kim Ki-duk ha rodado un total de 18 películas en tan solo 16 años de carrera: un excelente ritmo de trabajo que, incomprensiblemente, no ha permitido al cineasta alcanzar algo parecido a la madurez creativa. Porque el cine del coreano lleva exactamente ese tiempo, 18 años, siendo exageradamente igual a si mismo, prácticamente inamovible en sus planteamientos narrativos y estéticos. Si algo certifican las imágenes de Pieta es precisamente el estancamiento creativo de un artista que se muerde la cola constantemente con cada nuevo film que alumbra. La isla (Seom, 2000) y Hierro 3(Bin-jip, 2004), siguen pareciéndome sus dos obras más atractivas, sin ser en absoluto obras maestras, y me sugieren la presencia tras las cámaras de alguien con una imaginación y una poética propias, intransferible.  Y eso es bueno, aunque no suficiente, porque lo cierto es que, mayormente, las películas de Ki-duk funcionan mucho mejor en el circuito de festivales que en su estreno comercial en salas y, quizá por ello, el cineasta ha devenido un artista excesivamente pagado de sí mismo.

Porque en Pieta se le ve descaradamente el plumero. En este relato centrado en un desalmado tipo, Lee Kang-do, que trabaja como cobrador de deudas – y como mutilador de cualquiera que no pueda pagarlas – que, llegado un buen día, se tropieza con una mujer que dice ser su madre, a la que nunca conoció,  y la cual se empeñará en redimir la existencia de un hijo al que nunca dio afecto o amor, Ki-duk despliega todo su característico muestrario de personajes al límite, violencia contundente, imágenes con pretensiones poéticas, y un guión construido transparentemente, secuencia a secuencia y de forma excesivamente obvia, para funcionar como parábola moral. Si todo ello podrá gustar más o menos, dependiendo de los intereses de cada espectador, lo que ya no debería ser contemplado a estas alturas bajo un prisma tan subjetivo es la labor de puesta en escena visual de ese material por parte del realizador.

Una labor que, en esta ocasión todavía más que en sus anteriores películas, resulta a todas luces insuficiente para alguien con tanta experiencia acumulada: Ki-duk parece recurrir por defecto, durante toda la película, a una planificación de indudable eficacia narrativa, pero extraordinariamente monótona en su factura, y de una arquitectura visual, generalmente, muy pedestre y desaliñada. El uso en ocasiones de unos feísimos zooms que no vienen a cuento, o de una cámara en mano muy torpe, se convierten en otros importantes lastres que, sumados a un trabajo con la edición de imagen y sonido de una simpleza – que no sencillez – un tanto vergonzosa, terminan por dejar por los suelos este film que, si algo demuestra con claridad, como decía líneas arriba, es el estancamiento creativo de su artífice: la fórmula Ki-duk está caduca, y, o mucho me equivoco, o al cineasta ya solo le queda reinventarse en sus próximas obras o dejarse morir lentamente.

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