Hemos hablado ya de lo buenas que son las entregas de Iron Man y de lo distintas que son las adaptaciones de Hulk (una pirotécnica, la otra introspectiva). Y es curioso ver que al monstruo verde le ha pasado un poco lo mismo que a Batman. Su mito se ha contemplado con afán innovador, pero también ha dado lugar a cine epidérmico, carente de identidad propia.

Ahora, toca bajar unos cuantos escalones para reseñar la última producción de Kenneth Branagh, Thor (2011), una película más prometedora que memorable, más pendiente de no mojarse a la hora de adaptar a un antológico personaje de la cultura reciente (¿para no cabrear a los fans?), que de inyectar profundidad a la historia por la que bucea. Un film, en definitiva, que nos promete el oro del moro –Natalie Portman citando a Arthur C. Clarke: “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”– y no acaba centrándose en nada. Thor ha caído en el mismo charco que Robin Hood (Scott, 2010): vale que es cine caro, entretenido y con muy buena factura visual… pero no hace palpitar y se olvida con facilidad.

El director británico se limita a recoger el universo de un personaje de tebeo inspirado en la mitología nórdica que fue fundado por Stan Lee y Jack Kirby, como otros tantos titanes marvelianos, y renovado después por dos importantes autores. El primero, Walter Simonson, prolífico dibujante de cómic que lleva desde 1986 renovando a Thor –manteniendo su look original o exagerándolo– y ganando multitud de galardones. Entre ellos, el Premio Haxtur al “Mejor guión” en el Salón Internacional del Cómic del Principado de Asturias por la excelsa colección “La saga de Surtur”. El segundo en refrescar al superhéroe fue J. Michael Straczynski, creador de la serie televisiva Babylon 5 (1994), que en 2007 nos presentó a un Thor más rojinegro y menos hiper-colorista que el original de los años 60.

El guerrero del martillo también ha sido adaptado numerosas veces para TV en series de dibujos animados y películas cutres. En 2011, finalmente, Kenneth Branagh y el guionista Mark Protosevich (Soy Leyenda) se embarcan en el proyecto de estrenar por primera vez y en carne y hueso una película de Thor, el arrogante príncipe del reino de Asgard, desterrado por su padre Odín por haber reavivado una guerra milenaria y enviado a la Tierra para descubrir qué significa realmente ser un héroe. Mientras, su hermanastro Loki, un joven resentido y envidioso, aprovecha el suceso para arrebatarle el trono.

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Y hay algo que salta mucho a la vista en esta esperada adaptación comiquera: la puesta en escena. No son pocas las conjeturas que nos asaltan sobre el escenario, la iluminación y los movimientos de cámara. En Thor abunda el cromatismo cálido y fogoso, muy fiel al dibujo de Straczynski, pero vista la película, los personajes en movimiento… Todo adquiere un tono extravagante que ruborizará al espectador con memoria, capaz de ver en este film el reflejo de la estética chillona de Flash Gordon (Mike Hodges, 1980). Luego, los decorados de Asgard, así como la vestimenta de sus habitantes, viene a ser una mezcla imposible entre los anuncios de joyería cara tipo Cartier y las armaduras que llevaban Los caballeros del Zodíaco (Kikuchi, 1986). La comparación más atinada, sin embargo, nos la da el ex crítico de Blogdecine Adrián Massanet: Asgard parece “un Rivendel cyberpunk”.

Bonito martillo inocuo

Sumémosle a esto la abrumadora secuencia de acción con un robot metálico y gigante destrozando un soleado pueblecito de Nuevo México, lo que bien podría ser un guiño a la ciencia ficción retro de serie B, con extraterrestres que querían dominar el planeta, como Ultimátum a la Tierra (Wise, 1951) y Los invasores de otros mundos (A. Rose, 1954). También son carne de comentario los momentos en que el film se deshincha un poco: cada vez que Branagh tuerce plano sin motivo aparente y el mal entrelazado montaje en paralelo que hace entre las dos tramas del film (la de Asgard y la de la Tierra).

Paralelismo entre serie A y B. A la izquierda, “Thor”. A la derecha, “Los invasores de otros mundos” (Sherman A. Rose, 1954)

Ah, corrijo: sí que hay sorpresas, como el hecho de que detrás de este proyecto tan impersonal encontremos a un autor de la talla de Branagh (la mala sorpresa) y que Chris Hemsworth sepa contrastar la altivez del guerrero que interpreta al principio con la redención heroica que ofrece al final (la buena). Natalie Portman nos demuestra que le encanta enseñar su cara en la cartelera, esta vez, al servicio de un producto mainstream nada especial. Anthony Hopkins parece haberse apuntado a la tendencia denironiana de “interpretar por interpretar”, tras aparecer en las auto-combustibles El rito (Hafström, 2011) y El hombre lobo (Johnston, 2010), y Tom Hiddleston encarna a un Loki asustadizo y descafeinado que supuso el golpe estomacal más doloroso para algunos lectores de cómics (como Massanet).

Thor –historia shakespeariana de reyes mentores, príncipes codiciosos y héroes en estado de “buffering”– juega a las aventuras del caballero salvador del mundo, pero también a la comedia tonta cuando se sirve de la vieja historia del salvaje civilizado, de la anacronía que supone insertar un hombre antiguo de apariencia medieval en nuestro presente para dar rienda suelta al gag estéril (como Thor pidiendo un caballo en una tienda de mascotas o rompiendo una taza a lo vikingo en un bar). En este sentido, el film son dos piezas de un puzzle que no encaja. Branagh combina sin éxito la épica con el humor bufo y sólo brinda contados momentos de gloria: como esa secuencia enfática filmada al ralentí donde el protagonista intenta sacar en vano su martillo del barro o la delicadeza que destila el enamoramiento entre Hemworth y Portman. Sólo aquí emerge el Branagh romántico de siempre. Apenas percibimos la esencia del que firmó Enrique V (1989) y Mucho ruido y pocas nueces (1995). Su última producción ni indigna ni apasiona. Es una estrella fugaz, un petardo de San Juan, una mera herramienta que Hollywood ha utilizado para la construcción de ese peliculón agrupa-estandartes-marvelianos que es Los vengadores (2012).

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