Amanecidos (2011)

La ópera prima de Pol Aregall y Yonai Boix, dos jóvenes cineastas formados en el Centre D´Estudis Cinematogràfics de Catalunya (C.E.C.C.), no puede ser más insólita: su película, de poco más de una hora de duración, es un auténtico caleidoscopio narrativo, formado por diversos fragmentos o anécdotas, completamente independientes unas de otras y protagonizadas por jóvenes veinteañeros, sobre el que los realizadores vierten una mirada que acaso más que realista pueda ser calificada de impresionista. La fragmentariedad narrativa, y la autenticidad y espontaneidad de sus todavía inexpertos interpretes, dotan a la propuesta de una sensación de inmediatez, de constante improvisación – engañosa, pues la progresión narrativa de cada una de las historias es muy transparente; es decir, los cineastas persiguen un objetivo claro -, que resulta bastante más lograda, en su conjunto, que en otras películas de cineastas más experimentados o reconocidos. La única condición indispensable para que el espectador disfrute de la propuesta sin prejuicios y no se incomode por su voluntariamente errático desarrollo reside en el conocimiento previo por parte de este de que la cinta no tiene una voluntad narrativa convencional, pero tampoco propone o favorece las lecturas abstractas de su contenido.

La palpable imperfección de la obra, y su continuo deambular narrativo, en el que se codean constantemente algunas anécdotas curiosas o interesantes con otras bastante menos apetecibles, resulta tan gratificante como irritante, pero la propuesta casi siempre resulta un éxito en un aspecto: Aregall y Boix casi siempre consiguen expresarse recurriendo únicamente al contenido de la imagen, y en algunas ocasiones empleando los diálogos justos y necesarios. Hay en el film momentos realmente interesantes, caso de la historia en la que un chico debe recuperar una pulsera que a su poco cauta novia le ha caído en el interior de un cercado para toros, o de otro instante en que un joven prepara para comer, a su novia y dos amigas, y con toda la buena intención del mundo, nada menos que patas de cerdo con criadillas – en sus propias palabras, su especialidad culinaria – logrando con ello una reacción, no prevista por él, de burla y risas por parte de su novia, que termina derivando hacia un homenaje y/o subversión de un célebre momento del cine de Chaplin, en la que este realizaba un imaginativo baile, utilizando solamente sus manos y varios objetos, y conseguía deleitar con ello a una chica, pero siendo sustituidos los elementos en juego en esta ocasión, y con bastante mala leche, por las patas de cerdo que finalmente los comensales no están dispuestos a saborear.

amanecidos

Y también hay en el film momentos irritantes, como demuestra el torpemente filmado y montado momento en el que la cámara adopta el punto de vista de una chica que realiza un desplazamiento en bicicleta por un parque, hasta llegar a donde se encuentra su novio, y darse cuenta de que los Frigo pie que ha comprado han llegado derretidos por el calor. Si el final de la anécdota tiene su gracia, no lo tiene tanto el demasiado alargado y irritante desplazamiento en bicicleta, por más que sea precisamente en un momento como este cuando salga a relucir con transparencia la vertiente impresionista de la propuesta: la cámara busca, por encima de todo, captar instantes aparentemente al azar: niños jugando en el parque, gente paseando, etc. Otro momento poco destacado del film se encuentra en la secuencia, tan tonta como un sketch de Jackass, en la que tres chicos que se encuentran en un parque insisten una y otra vez en dar vueltas a una especie de enorme bola de nieve y barro que se les desmonta continuamente: el fragmento hace honor al concepto de «vídeo para internet» – toda una filosofía para una gran parte de jóvenes en la actualidad – sin cuya existencia Aregall ha reconocido que muy probablemente no existiría su obra. Se entienden las palabras del realizador, aunque el fragmento siga sin tener la menor gracia. De todos modos, y para concluir, me parece interesante insistir en que la frescura general que desprende el film, nada forzada y sí en cambio muy genuina y jovial, resulta la principal baza de Amanecidos. Ahora tan solo queda esperar a que en su siguiente obra, Aregall y Boix – que han visto inesperadamente apadrinada su cinta por ese francotirador de la producción española que es Lluís Miñarro – ,de seguir en una línea similar, consigan pulir las imperfecciones y titubeos de su debut, lógicos cuando se está aprendiendo una profesión tan especialmente resbaladiza y difícil como lo es la realización cinematográfica.

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Sobre Oscar Navales

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