Anamorph

“Seven”, dirigida por David Fincher y estrenada en el año 1995 con gran éxito, generó una corriente de películas inspiradas en su concepto visual, y en los “crímenes de diseño” que tenían lugar en la misma, que no han aportado absolutamente nada al género, y que han pasado más desapercibidas que otra cosa. Enumerarlas todas sería una perdida de tiempo, aunque “El Coleccionista de Amantes” fue de las pocas que logró cierta repercusión comercial pese a sus muy mediocres resultados.

En esa misma década se estrenaron algunos thrillers de horror nada despreciables, como “Jennifer 8” (Jennifer Eight, 1992), de Bruce Robinson, o “Secuestrada” (The Vanishing, 1993), de George Sluizer, además de la multipremiada y sobradamente conocida “El Silencio de los Corderos” (The Silence of the Lambs, 1991), de Jonathan Demme. Cada una de ellas aportaba al género una visión y unas ideas en lugar de apropiarse de las de los demás al modo de un parásito.

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Pues bien, ahora que uno había logrado por fin olvidar por completo los horribles sucedáneos de “Seven”, nos llega otra mimética reproducción de aquella, con el título “Anamorph”, y que enarbola desvergonzadamente una estética visual calcada de aquella, así como un asesino que “diseña” sobre los cuerpos de sus víctimas después de haberles arrancado la vida.

El pobre Willem Dafoe, excelente actor en películas como “Platoon”, “Light Sleeper”, “Affliction”, o incluso en su labor en “Spiderman”, aparece aquí más apagado que nunca, supuestamente a causa de las desgracias pasadas por su personaje en la ficción, el detective Stan Aubrey, y que quizá al director de la película le parezca la manera más fácil de emular al personaje interpretado por Morgan Freeman en la película de David Fincher: un personaje triste, sobrio y metódico, pero al que el actor afroamericano dotaba de verdadera vida; su interpretación era sobria, no sosa.

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Las frases de graciosillo inmaduro le tocan en ésta ocasión al personaje, de nombre Carl Uffner, interpretado por Scott Speedman, un policía que trabaja en estrecha colaboración con el detective Aubrey. Un personaje que también parece mirarse en el de Brad Pitt en “Seven”: un tipo un tanto fanfarrón y ingenuo que contrastaba totalmente con el personaje interpretado por Morgan Freeman; pero esa definición del personaje no era gratuita y tenía un desarrollo acorde con las intenciones de su guionista: un ingenuo que aprendía a palos en su profesión y en la vida. En la película de Henry Miller el personaje no tiene la menor gracia, y Speedman, con su falta de carisma, tampoco logra aportarle un soplo de vida.

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El asesino, en esta ocasión, parece matar sólo por que al director le parece que un tipo feo tiene más posibilidades de convertirse en un asesino que una persona más atractiva, algo que la película de Fincher sorteaba con notable habilidad: el físico de Kevin Spacey era el de alguien normal, pero capaz de las peores atrocidades, y ello no era obstáculo para que este estuviera revestido de una notable inteligencia, cultura y capacidad para la oratoria.
Lo difícil a la hora de hablar de “Anamorph” viene dado por el número extremo de ideas calcadas de la película de Fincher que llegan a desfilar a lo largo de su metraje: su iluminación tenebrista de interiores relacionados con el asesino; el uso de linternas por parte de los policías y las luces azuladas que acompañan a los momentos de investigación; los cuerpos diseccionados o en estados lamentables que llenan de horror esos espacios; las secuencias que muestran al detective Aubrey en su intimidad (y que remiten directamente a las de Morgan Freeman en “Seven”); las consabidas llamadas del asesino al detective; ¡¡¡hasta vuelve a tener lugar la habitual persecución del detective para cazar al psicópata !!! que además está filmada con más pena que gloria.

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Si a todo lo dicho hasta ahora le añadimos que Henry Miller parece confundir sobriedad narrativa con sosería, que la funcionalidad de los planos oculta la falta de ingenio y creatividad del director, y que, por sí faltaba algo, la banda sonora intenta emular la sonoridad de las composiciones de Howard Shore para el film de Fincher, sólo queda decir que, al igual que en el contexto de la película un “copycat killer” (un asesino que copia el modus operandi de otro asesino) es un verdadero fastidio para una investigación, también en el mundo del cine un pretendido clon de otro director resulta molesto y verdaderamente prescindible.

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