Angeles y Demonios (2009)

Después de la interesante “El desafío. Frost contra Nixon”, estrenada a principios de este año, uno tenía la esperanza de que el siguiente proyecto puramente comercial de Ron Howard desplegara unas aptitudes visuales y narrativas un poco más consistentes que las que dominan la mayor parte de películas que conforman su filmografía (recordemos algunos títulos: “Cocoon”, “Un, dos, tres, splash”, “Willow”, “Llamaradas”, “Rescate”, “Apolo 13”, o “El Grinch”; en fin, películas, por lo general, que se olvidan instantáneamente al salir del cine), pero la continuación del best-seller literario y cinematográfico “El Código da Vinci” resulta tan lamentable como su precedente, también dirigida por Howard.

El punto de partida argumental de la propuesta es verdaderamente alocado: unos científicos encuentran la anti-materia y la preservan en un cilindro; este objeto es hurtado por un asesino perteneciente a una antigua y extinta orden anticlerical llamada Los Iluminati, que ahora, renacidos, pretenden provocar un cataclismo en la Ciudad del Vaticano al poner en contacto la materia y su reverso. Robert Langdon debe seguir su instinto y poner a prueba sus conocimientos relativos a la secta y a la fisonomía urbana de Roma para evitar la catástrofe.
El director se toma excesivamente en serio semejante premisa, que en manos de otro director con un mayor sentido de la ironía y con un universo visual más denso y personal (ej.: Roman Polanski, Brian de Palma o John Carpenter), como mínimo hubiera volado un poco más alto artísticamente hablando, pero que en sus manos se convierte, una vez más, en una larga (140 min.), previsible y rutinaria película comercial.

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Me provoca una gran pereza intentar buscarle tres pies al gato a la película, que no destaca en absoluto por el supuesto talento para la creación de imágenes que pueda tener su director, pero sí, en cambio, por lo mecánico y tramposo de su estructura narrativa, que prácticamente se limita a zarandear caprichosamente al protagonista de un lugar a otro de Roma, y cuando toca, forzar de forma inverosímil los giros en el guión, con la intención de que, pese a todo, A + B + C +…lleven indefectiblemente a X. En este sentido, es realmente penosa la increíble manera que tienen Langdon y La Guardia Suiza de llegar a cada uno de los lugares dónde van a tener lugar los asesinatos de alguno de los preferiti (es decir, los favoritos, los candidatos en el Vaticano en torno a los que se dirime la elección final de un nuevo Papa), prácticamente cuando estos están a punto de tener lugar: el más pintoresco de todos tiene lugar en una fuente en el interior de una plaza: el asesino desliza al agua de la fuente, desde el interior de una furgoneta, una pesada camilla metálica con uno de los preferiti atado a la misma, pero Langdon conseguirá salvar al hombre con la ayuda de varios peatones que se sumergerán con él en el agua de la fuente para levantar el pesado armatoste. La secuencia me recuerda a uno de los habituales asesinatos creativos que tienen lugar en las películas de Dario Argento, pero sin su estilo visual más plástico y barroco: con Howard estamos en el territorio de las imágenes planas y convencionales, despojadas de cualquier tipo de chispa creativa, y eso que tampoco Argento ha sido precisamente un prodigio de lenguaje cinematográfico, pero sí, indudablemente, un esteta.

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En todo caso, cualquier secuencia o detalle narrativo de los primeros 105 minutos de metraje empalidecen, por muy poco atractivos que resulten, en comparación con la media hora que está por venir, de veras estrambótica y carente de sentido del humor, cuando precisamente el material se presta a un tratamiento más distanciador y irónico, pero parece que el “respeto” por los lectores del libro (que se deben tomar este con una seriedad a prueba de cosquillas) es primordial para los productores de la película y también para Ron Howard (un verdadero mercenario del cine) y eso lleva a un tratamiento dramáticamente serio y imperturbable en todo momento.

Lo que acontece en esa media hora final, un verdadero disparate que Jerry Lewis hubiera filmado, en clave cómica,  con mucha mala leche y un potente estilo visual, no vamos a desvelarlo aquí, pues en todo caso es el lector de estas líneas el que debe decidir si ir a ver la película, escoger otra de la cartelera (“Déjame entrar” o el nuevo “Star Trek” son, sobre todo la primera, mejores opciones), o quedarse en casa. Y ya se sabe, el que avisa no es traidor…
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