Area 407 (2012)

Después de despegar en un vuelo desde Nueva York a Los Angeles en la víspera de Año Nuevo, los pasajeros del vuelo 37A pronto se encuentran en estado de shock y de alarma cuando el avión experimenta una turbulencia severa. El ataque incesante hace que aumente el clima de pánico y terror entre los pasajeros hasta que el avión se estrella en última instancia, en una remota reserva de pruebas hechas por el gobierno, AREA 407, donde se encontrarán con  monstruosos dinosaurios.

 Resulta preocupante y incomprensible cómo los aviones de última generación, en el marco del género apocalíptico de ficción, son propensos a estrellarse o, mejor expresado, a perder el vuelo y terminar sucumbiendo ante la gravedad para dejar en clara desventaja al pasaje de abordo frente a la naturaleza; la terrorífica asunción citada es el posible reflejo de la caída tecnológica en una sociedad inmersa en la paranoia (magnificada tras la catástrofe estadounidense de Las Torres gemelas), recurso que como vertiente fílmica encuentra una infinidad de posibilidades visuales y conceptuales (la mayoría de ellas, además, tremendamente económicas) y funciona como terrible recordatorio del propio desamparo vital.

Puede que la imagen, de tan poderosa, simplemente haya quedado impregnada en el imaginario de guionistas y directores impresionables hasta convenir la imposibilidad (reforzada por la incapacidad) de emprender sus propias aventuras, limitándose a repetir infinitamente conceptos ya tratados con anterioridad, creadores tan poco talentosos que son incapaces de imaginar algo nuevo, fresco, retador o excitante (no es exigible que confluyen las cuatro deseables cualidades, pero al menos una sí debería vislumbrarse); todo lo expuesto se traduce precisamente en el debut en la dirección de la dupla formada por Everette Wallin y Dale Fabrigar (éste último con una amplia y constatada experiencia en el terreno del cortometraje), y es así no solamente porque un avión siniestrado se antoje demasiado recurrente o porque una relación sexual desafortunada, sino porque la recurrencia se convierte desde un primer instante en una losa enorme, pesada e incluso insalvable a tenor de las inaceptables intenciones direccionales.

Tras despegar en un vuelo de Nueva York a Los Ángeles en la víspera de Año Nuevo, los pasajeros del vuelo 37A pronto se encuentran en estado de shock y de alarma cuando el avión experimenta una turbulencia severa (fatalmente recreada); ésta evoluciona negativamente aumentando (supuestamente, porque la incredulidad comienza a formarse en el parecer en éstos primeros compases) el clima de pánico y terror entre los pasajeros, hasta que el avión se estrella en última instancia en una remota reserva de pruebas gubernamentales, el Área 407.

A partir de las imágenes capturadas por los supervivientes del accidente, Trish (Abigail Schrader), Jessie (Samantha Lester), Jimmy (James Lyons), Laura (Melanie Lyons), Charlie (Brendan Patrick Connor), Tom (Ken Garcia), Lois (Samantha Sloyan) y Marshall (Everette Wallin) el público será testigo de las consecuencias de dicha desgracia y de los eventos que ocurran a continuación, tendientes a un desenfreno hormonal y visceral que poca lógica puede albergar; presenciando interpretaciones verdaderamente inútiles (todas ellas, motivo por el cual no se han especificado individualmente), los sucesos evidencian que ninguno de ellos podrá sobrevivir a la noche, pues la base experimental oculta criaturas de tan horrendo aspecto (y digitalización) como voracidad.

Convirtiéndose instantáneamente en un producto irreal e increíble (en sentido peyorativo), Área 407 es una película de horror con una disfunción irreparablemente impotente en cuestiones de manejo de la tensión, de la emoción, ajena al sentido del ritmo y la progresión, incapaz de generar un mínimo sentido de la expectación y mucho menos despertar algún amago de terror e inquietud; la estructura del filme, formal y conceptual, no se sostiene por ningún lado, pues la larga lista de desatinos, de embustes, de timos y de errores de bulto hacen que no merezca concederle crédito alguno, ya que sus flaquezas, que se cuentan a decenas (actores de tercera fila interpretando a personajes planos, tópicos que se suceden a ritmo vertiginoso, diálogos absurdos, huecos repetidos insaciablemente, desprecio total de las herramientas propias del género, espacio físico desaprovechado, efectos de maquillaje carentes de sentido y veracidad…), así lo solicitan.

Absurda, previsible, irritante, exasperante e irremediablemente aburrida, la película podría haberse convertido simplemente en una mala película, pero superando el auténtico desastre es la nada más absoluta, un vértigo metafísico de antimateria que además de ofuscar profundamente en todos los aspectos al espectador, trata de engañarlo burdamente con desquiciantes giros de guión (el más denunciable tal vez sea la aparición repentina e inexplicable de una caja de provisiones, mágico suceso que alarga agónicamente la trama); en definitiva, la producción no debería circular por ninguno de los cuantiosos medios de difusión existentes en la actualidad (ni siendo gratuitos), de hecho, no debería haberse filmado nunca y mucho menos haberse proyectado en un festival de cine tan prestigioso como el Sitges Film Festival 2012.

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