Dark Touch (2013)

SINOPSIS

La historia arranca una tarde en plena zona rural con una casa aislada que se anima de pronto como por medio de un acto de locura: los objetos y los muebles se desatan contra sus habitantes. Niamh, de 11 años de edad, es la única superviviente de la sangrienta masacre, obra del mobiliario, donde sus padres y su hermanito murieron. La policía sospecha de una banda de asesinos vándalos e ignora el testimonio de Niamh, que denuncia la rabia mortífera de los objetos y de los lugares. Recogen a la niña de manera provisional Nat y Lucas, amigos de sus padres, que se esfuerzan por apaciguar su traumatismo rodeándole de amor y brindándole una vida y una escolaridad normales con la ayuda de una asistente social. Pero Niamh no encuentra sosiego, sino todo lo contrario: a su alrededor los signos del peligro siguen manifestándose y en los lugares por los que pasa permanece una violencia disimulada, que no tardará en desencadenarse de nuevo y producir nuevas matanzas y nuevas víctimas.

 

CRÍTICA

Si por algo se ha distinguido Marina de Van a lo largo de su corta carrera (apenas cuatro largometrajes) es por construir enigmáticos puzles a partir de relatos tan oscuros como perturbadores, algo que trata (con desacierto) de repetir en Dark touch tras un brutal estallido de violencia evoluciona hacia territorios ambiguos y, es más, indiferentemente tratados, lo cual es una indeseable novedad en la cineasta de origen francés al haber tratado con escrupulosa profesionalidad los argumentos de Dans ma peau, Ne te retourne pas y Le petit poucet en dos mil dos, dos mil nueve y dos mil once respectivamente, apostando en esta ocasión por una insultante propuestas de tintes sobrenaturales sin sentido alguno (el carácter en cuestión está mal introducido y nulamente razonado), resultando destacable solamente el ardiente (no por tórrido sino por ser el fuego parte activa) desenlace, y más por ofrecer la oportunidad de disfrutar con la agónica muerte de unos personajes que durante noventa minutos (a excepción de algún que otro compás salvable)  desesperan con su tediosa presencia al espectador más paciente, abandonando la quimérica empresa concesiva los menos esperanzados en la mejoría de la trama con el transcurso de la historia a los cinco minutos al saberse con certeza ya que nunca acontecerá la misma; no obstante, sería injusto no destacar la notable fotografía de John Conroy y su paleta de azul nocturno y siniestro junto con el rojo de la mayormente ausente sangre provocada por la telequinesia a raíz de la presentación de traumas infantiles (exacto, nada tiene que ver una cosa con la otra pero ésta es la única conexión que guardan ambos asuntos) en un retorcido psicodrama en el que algunos de los interrogantes que abre respecto a las motivaciones de los personajes o el origen de las facultades de la pequeña protagonista no tendrán una respuesta explícita sino que recaerá en las manos del espectador el deber de extraer las conclusiones, lo cual se antoja detestable al no justificarse apenas lo acontecido como para poder fundamentar la forzada opinión que se urda.

Después de observar cómo el mobiliario de su casa cobraba vida propia para acabar con las vidas tanto de sus progenitores como de su hermano menor atrozmente en una masacre de la que se hizo eco con premura el pueblo en el que reside (las noticias de esta clase tardan apenas segundos en darse a conocer y en cualquier emplazamiento de poca población todavía en menos tiempo), la presumiblemente inocente Neve (Marie Missy, la única que alcanza su cometido interpretativo de entre todo el reparto actoral aun haciéndolo de manera intermitente) encuentra amparo en una familia de exquisitas costumbres e inmaculado comportamiento, emprendiendo así un nuevo rumbo en su vida personal y escolar, pues también se traslada a un centro más cercano a su nuevo hogar; la joven intenta explicar a sus cuidadores que la tragedia ha estado relacionada con la morada para convencerles de la existencia de lo paranormal mientras que ellos sostienen que ha sido debido a un incidente racional, no teniendo la razón ni la una ni los otros al residir el motivo por el cual ha tenido lugar tan sanguinario percance en el interior de la huérfana, y es que cuando llora (es curioso que sea imprescindible que las lágrimas se reflejen en sus tristes ojos para que sea efectivo el don o la maldición según se observe y emplee el poder) es capaz de mover todo cuanto desea, llegando incluso a poder introducirse en la mente de otros semejantes (es decir, niños) para lograr más fuerza y acercarse a la posibilidad de consumar su desequilibrante propósito.

De este modo, las víctimas irán creciendo en número al tiempo que el caos se apodera del clan al cual se ha visto obligada a pertenecer la enigmática a la par que peligrosa chica (su escaso tiempo de existencia no permite tildarla tan siquiera de adolescente), no siendo un impedimento todo este descontrol para que ésta siga congregando a pequeñas (en cuanto a edad) multitudes y deshacerse de ellas cuando mejor lo estime (cómo es capaz de hacer explotar un edificio entero es tan misterioso como el hecho de que los adultos apenas se opongan a ser torturados), consumando de este modo, paulatina y dolorosamente, su maquiavélica venganza; el sufrimiento y la penitencia la sufrirán, amén de los merecedores de ser ajusticiados por el simple hecho de haber concebido, todos aquellos que se alcen en contra de sus creencias (así como el público al no disfrutar de una vertiginosa espiral de atrocidades sino de un soporífero cúmulo de despropósitos narrativos que se contradicen unos a otros), consiguiendo sobrevivir exclusivamente los que la respeten (como es el caso de la pareja de emarginados de su clase que se suman a la causa) y obedezcan (no se puede afirmar en ninguno de los casos que se presume que así es pues el sometimiento puede ser debido a la manipulación ideológica a la que constantemente alude el filme), aunque puede que tal vez ni tan siquiera éstos puedan eludir el terrible sufrimiento que imparte a mansalva la especie de, por qué no decirlo de una manera cuasi poética, semidiosa infernal…

Cierto es que la nueva película de Marina de Van puede presumir de contener algunas de las escenas de horror más potentes vistas en elSitges Film Festival 2013, pero ateniendo a que dicha edición se ha caracterizado desde antes de iniciarse por el bajo nivel de las proyecciones presentadas provocando éstas numerosos abucheos tanto por su lamentable calidad como por la repentina cancelación de las mismas como consecuencia de la dejadez e insolvencia adoptadas por los responsables del antaño prestigioso y en la actualidad poco menos que catastrófico evento anual; así, lo cierto es que el mérito, adaptado a la comparativo con el resto de cintas, queda en entredicho hasta el punto de no sobrepasar los límites de la mediocridad, pues los efectos visuales son más propios de un capítulo de la serie televisiva “Cazadores de fantasmas” que de una producción de corte comercial como la presente, con la diferencia de que aquella busca el mero entretenimiento y ésta el convencimiento con resultados opuestos al funcionar justamente la primera y decepcionar mayúscula e impensablemente (que a un metraje francés le pase factura el grado de decadencia cinematográfica que suele primar en la industria a día de hoy no se esperaba) la segunda.

Dark touch podría definirse, aunando términos culinarios en honor a cierta compañera que sufrió el visionado famélica con otros puramente explicativos, como un aparentemente apetitoso pastel pretenciosamente filosófico de dos capas (una de concienciación y otra de moralidad) servido con indeseable inexperiencia en una vajilla fabricada a partir de restos de piezas maestras (para más señas El pueblo de los malditos,La huérfanaLos chicos del maíz y Carrie, ésta última especialmente identificable en numerosos detalles) que exige un consumo rápido para no caducar antes de digerirse, lo cual no es posible debido a la extrema densidad con la que los trozos son cortados, los cuales conforman la imagen de una curiosa e infame manera de criticar la decadencia del programa educativo y la persecución (que no atención) de los padres hacia unos hijos cada vez más perdidos al no contar con el suficiente apoyo familiar en los momentos que lo precisarían; el problema no reside en los pretendidos mensajes citados, sino en el modo en el cual son plasmados, percibiéndose todos ellos tan drásticamente divergentes al proyecto en sí mismo como el pecaminoso relato del maltrato infantil que sirve de permanente telón de fondo (el correspondiente método de afrontar la e intentar superarlo cambiando los papeles para tomarse el afectado la justicia por su mano merece una mención aparte al circunscribirse en el impacto menos racional imaginable), una serie de atrocidades fílmicas para nada explícitamente recogidas que terminan por convertir la propuesta en un metraje más que prescindible directamente desechable, desmerecedor de cualquier tipo de alabanza.

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FICHA TÉCNICA

Título original: Dark Touch
País: Francia
Año: 2013
Duración: 90 min.
Productora: Coproducción Francia-Irlanda-Suecia; Element Pictures / Ex Nihilo / Filmgate Films
Director: Marina de Van
Guión: Marina de Van
Reparto: Padraic Delaney, Robert Donnelly, Charlotte Flyvholm, Ella Hayes, Mark Huberman, Missy Keating, Katie Kirby, Art Parkinson, Anabel Sweeney, Olga Wehrly

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