El molino de las mujeres de piedra

argumento

El joven Hans Von Arnim viaja desde Rotterdam hasta una localidad rural, con la finalidad de escribir una monografía acerca de la historia de un molino centenario  y de su creador, el fallecido abuelo del escultor Gregorius Wahl, quien se encargará de alojar al escritor en el interior de la vieja construcción de madera hasta que finalice su trabajo. La teóricamente plácida estancia de Hans en el lugar no tardará en dar un giro hacia lo extraño y misterioso con la aparición de Elfie, la bella pero inquietante hija del propio Gregorius, la cual pretende seducir al joven al mismo tiempo que da muestras de padecer una extraña enfermedad que la deja repentinamente inconsciente. Hans irá descubriendo, poco a poco, los secretos que se ocultan en el interior del molino y las razones del extraño comportamiento del escultor y de su amigo el doctor Bohlem.

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critica

Los nombres de varios realizadores acuden prontamente a la mente del aficionado cuando este piensa en el cine fantástico italiano de los años 60: Mario Bava, quien en aquellos años logró films tan importantes para el género como La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960), La frustra e il corpo (Ídem, 1963) o Operazione paura (Ídem, 1966); el menos conocido Riccardo Freda, quien no se quedo atrás respecto a su compatriota en la calidad alcanzada con sus incursiones en el fantástico, como demuestran films como El horrible secreto del Dr. Hichcock (L´orribile segreto del Dr. Hichcock, 1962) o Lo spettro (Ídem, 1963); o Antonio Margheriti, quien en general dirigió atractivos films de horror (su labor visual en ellos es destacable) sustentados pese a todo en guiones más endebles que los de sus compañeros: El justiciero rojo (La vergine di Norimberga, 1963), Danza macabra (Ídem, 1964), y I lunghi capelli della morte (Ídem, 1964) serían las más destacadas de su filmografía en aquella década. A ellos cabría sumar, por lo menos, un cuarto realizador: Giorgio Ferroni, que logró en 1960 una de las obras más importantes del fantástico italiano de la época, El molino de las mujeres de piedra (Il mulino della donne di pietra), un film quizá no magistral pero sí verdaderamente notable.

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Son numerosos los elementos que hacen que El molino de las mujeres de piedra sea una obra digna de tener en cuenta por el interesado en la historia del género fantástico. Giorgio Ferroni demuestra en ella un indudable talento visual para la composición de encuadres cuya naturaleza pictórica y barroca no deja de lado en ningún momento la imprescindible fluidez narrativa del relato, pudiendo compararse su labor en este sentido a la de sus compatriotas mencionados en el párrafo anterior: no hay que olvidar que todos ellos destacaron por sus respectivas capacidades visuales, que quedaban puestas de manifiesto tanto en la forma que tenían de encuadrar una situación determinada como en la expresividad que alcanzaban con el uso de la iluminación, herencia directa de toda un cultura, la italiana, cuya riqueza estética en campos como la poesía, la novela, la ópera, la pintura o la música, era inabarcable pero infinitamente decisiva para el cine nacional de la época (y, por supuesto, no tan sólo para realizadores tan destacados como Fellini, Visconti o Rossellini). El film de Ferroni también recuerda visualmente a algunas películas Hammer del gran Terence Fisher, y especialmente a una que este dirigió posteriormente a la película del italiano, la magnífica La Gorgona (The Gorgon, 1964). Al igual que en este film, o en la cautivadora Operazione paura de Bava, los muy presentes contrastes visuales, entre ocres y azules, o entre rojos y verdes, ayudan a configurar toda un atmósfera preñada de irrealidad. En este sentido, y respecto a El molino de las mujeres de piedra, vale la pena destacar el fragmento en el que Hans Von Arnim (Pierre Brice), el protagonista de la historia, es presa de las alucinaciones provocadas por un supuesto tranquilizante que le ha sido facilitado instantes antes por el doctor Bohlem (Wolfgang Preiss): la sensibilidad auditiva y visual de Hans se verá acentuada hasta el punto de que este creerá escuchar recriminaciones, de boca del profesor Gregorius Wahl (Herbert A. E. Böhme) (cuya voz adquirirá, a oídos de Hans y debido a la droga que este ha ingerido, una reverberación fantasmal y irreal), por la (falsa) muerte que el joven le ha provocado a Elfie (Scilla Gabel), la misteriosa hija del no menos misterioso profesor. Además, en su nuevo y alterado estado mental, Hans transitará por las diferentes estancias del molino, cuyos interiores presentarán unos irreales contrastes de luz y de color que habitualmente no tienen lugar en los mismos espacios.

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Los movimientos de cámara también devienen un aspecto destacado del film, tanto por la elegante ejecución técnica que presentan como por su pertinencia narrativa o su intencionalidad puramente atmósferica. Respecto a los que tienden a esto último, es decir, a crear la particular atmósfera del film, valga como ejemplo mencionar el movimiento de cámara, que se corresponde con la mirada de un Hans recién llegado al molino, que muestra las diferentes y inquietantes esculturas que este contempla situadas en un estudio en el interior del edificio. El desplazamiento de la cámara finaliza, significativamente, cuando ésta alcanza a mostrar una escultura que reproduce la figura agonizante de una mujer cuya cabeza pende de una soga: El molino de las mujeres de piedra es, pese a su elegancia formal, un film de horror habitado por personajes dementes.

El propio molino del título es presentado, al inicio del film y mientras Hans se aproxima a aquel con una barca, mediante un plano en el que la vieja construcción de madera aparece reflejada en el agua del lago que surca la embarcación. La imagen, que muestra al mismo tiempo al edificio real y su reflejo en el agua, sugiere la naturaleza dual, ambigua, del molino: un lugar, pues, en el que tendrá cabida tanto lo cotidiano como lo fantástico.

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A todo lo que he destacado del film hasta el momento, es decir, a una modélica planificación, un uso expresivo de la fotografía y los contrastes visuales que se pueden lograr con el color, unos meritorios movimientos de cámara, y una voluntad, por parte del realizador, de sugerir mediante los encuadres aspectos ocultos de los espacios que va a transitar el protagonista de la historia, cabría sumar otro importante elemento que Ferroni elabora cuidadosamente: el sonido.

El chirriar de las aspas del molino y del resorte que lo mantiene en movimiento, o el crujir de la madera que lo conforma, son empleados por el realizador italiano tanto para inducir en el espectador una cierta inquietud que parece surgir de forma natural del propio espacio, como para sugerir en algunos momentos los sentimientos más íntimos de algunos personajes; ej.: cuando Elfie contempla como Hans, del que está enamorada, se reencuentra con su prometida, Liselotte (Dany Carrel), con la que mantiene una tierna conversación, los celos de la primera quedan puestos de manifiesto para el espectador gracias a la acentuación sonora de los chirridos del molino que lleva a cabo Giorgio Ferroni cuando tienen lugar los primeros planos de Elfie reaccionando ante la situación: el sonido, en esta ocasión, se convierte en una extrapolación simbólica de los celos de la joven.

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El molino de las mujeres de piedra es un film totalmente recomendable, cuyo desarrollo narrativo recuerda en ciertos instantes al de obras tan importantes como Vampyr (Ídem, Carl Theodor Dreyer, 1932), o la coetánea Ojos sin rostro (Les yeux sans visage, Georges Franju, 1960). La llegada del protagonista en barca a la aislada población en la que acontecerá toda la narración, y su alejamiento del lugar, de nuevo en barca y cuando finaliza su aventura, recuerdan al inicio y final del film de Dreyer, en tanto la andadura de Hans Von Arnim en el film italiano corre paralela a la de Allen Grey en el film del director danés, y proporcionan a la obra, que gracias a esta estructura deviene una narración circular y cerrada sobre si misma, un carácter abstracto. A Ojos sin rostro remite, indudablemente, la andadura criminal de Gregorius Wahl, un padre dispuesto a sacrificar a todas las bellas jóvenes que se crucen en su camino, con la finalidad de restablecer la salud una hija querida, del mismo modo que en el film de Franju el doctor Génessier, especializado en cirugía, se apropiaba de cuerpos femeninos de los que extraía tejidos con los que esperaba devolverle el rostro a su desfigurada hija. La constante presencia en pantalla de bellezas femeninas también hacen de El molino de las mujeres de piedra una obra sugerente, sensual, y en ocasiones incluso erótica, gracias tanto a la presencia física en pantalla de las diversas actrices que conforman su reparto como a la sutil puesta en escena de Ferroni y a la fotografía de su operador, Pier Ludovico Pavoni.

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