El origen del planeta de los Simios (2011)

argumento
Will es un joven investigador médico que, obsesionado con la enfermedad de Alzheimer que sufre su padre, se enfrasca en una frenética investigación con simios, a los que inocula una especie de bacteria regeneradora del tejido cerebral, con la cual busca contrarrestar la tan peligrosa enfermedad degenerativa. Cuando, debido a ciertos errores con los experimentos, su jefe decide cancelar el proyecto, Will decide quedarse con César, un chimpancé recién nacido, el cual consigue desarrollar genéticamente en su interior la bacteria creada por el médico, la cual estimula el rápido aprendizaje y evolución del animal. César será el primer mono inteligente, y será quien luego contamine voluntariamente a más monos salvajes con el mismo químico que le dió su inteligencia.
El origen del Planeta de los SimiosEl origen del Planeta de los Simios

critica

Cuando uno decide afrontar el comentario de un film como El origen del planeta de los simios, el cual nace básicamente con la pretensión de erigirse en el punto de partida de una nueva franquicia de éxito, lo más acertado y elegante, creo yo, es empezar hablando de las virtudes del producto, que aunque no son muchas y tampoco logran volver excesivamente trascendente esta nueva revisión de un clásico de la ciencia-ficción, sí que por lo menos mantienen despierto el interés del espectador desde el inicio hasta el final del relato.

Por si alguien todavía no había pensado en ello, la mayor o menor efectividad de la película de Rupert Wyatt depende en casi todo momento de un departamento de efectos especiales digitales que, digámoslo ya, despliega su talento de una forma verdaderamente apabullante, hasta conseguir probablemente la más lograda y verosímil creación de vida artificial vista hasta el momento en una pantalla de cine: los chimpancés, gorilas, orangutanes, etc., que aparecen en el film de Wyatt son magníficos tanto en su diseño y movimientos corporales como en su expresividad facial, y su integración con los actores y escenarios reales resulta prácticamente perfecta, hasta el punto que uno ya no sabe que puede esperarse del cine de espectáculo en las próximas décadas: ¿llegará a hacerse realidad esa catastrófica creencia que profetiza la desaparición de los actores reales y su definitiva sustitución en la pantalla de cine por sus respectivas recreaciones digitales?. Esperemos que esta drástica situación nunca llegue a hacerse realidad por completo, aunque la actual carencia de auténticas (y muy caras) estrellas capaces de acertar en la diana comercial una y otra vez (son contadas las excepciones), el miedo cada vez mayor de las productoras a estrellarse en las taquillas con propuestas de temática adulta, y el constante éxito de las películas salpicadas con cientos de efectos especiales (este veranos se cuentan por docenas) hacen pensar lo peor.

A la magnífica labor del departamento de efectos visuales se suman, en el balance positivo del film, la convincente prestancia interpretativa, en sus respectivos roles, de actores como James Franco, John Lightgow o Brian Cox, entre otros secundarios, que lidian con elegancia con personajes excesivamente planos y prototípicos, carentes de auténtica personalidad, cuyo ejemplo más soso y prescindible en el film es el de la habitual chica-florero, encarnada en esta ocasión por la bella actriz india Freida Pinto, vista anteriormente en Slumdog Millionaire y en Conocerás al hombre de tus sueños.

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En lo que respecta a la labor tras las cámaras de Rupert Wyatt, si bien no puede afirmarse que el realizador demuestre unas inquietudes demasiado personales con la planificación o el montaje de las secuencias, por lo menos opta en todo momento por una labor de montaje que privilegia un ritmo narrativo asequible para el espectador (alejado del caos de otras producciones del verano, caso del nuevo Transformers de Michael Bay), y por una planificación cuyas mayores virtudes devienen una siempre apreciada funcionalidad narrativa y el no pretender confundir al espectador con imprecisos conceptos del decorado y del movimiento de los personajes dentro del mismo, logrando que el espectador no se sienta hastiado durante el visionado de la cinta. La labor del realizador puede calificarse de eficiente y humilde, aunque precisamente por ello El origen del planeta de los simios dista mucho de ser una obra memorable: aunque quizás resulte algo más interesante, en su conjunto, que la anterior incursión de Tim Burton en el mismo terreno, con El planeta de los simios (Planet of the Apes, 2001), sigue existiendo una considerable distancia artística entre el film de Wyatt y el notable clásico legado por Franklyn J. Schaffner en 1968.

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En el conjunto del film destacan algunas imágenes que en manos de otro realizador con más talento y inquietudes hubieran podido devenir icónicas. Entre ellas merece la pena destacar algunas, como la imagen de los simios, hacia el final del film, ascendiendo al punto más álgido del puente de San Francisco para ocultarse del acoso armado de la policía y el ejército en el interior de un banco de niebla; o el momento en el que el contundente deslizarse del grupo de simios por los árboles de una calle de la ciudad produce una espectacular lluvia de hojarasca que provoca el asombro y estupefacción de los transeúntes. De alcance algo más misterioso resulta la secuencia en la que César, el futuro líder de la revuelta de los simios, toma contacto por primera vez con su ambiente natural gracias a la visita que Will (James Franco) y Caroline (Freida Pinto) organizan al parque de secuoyas, un lugar que estimulará los instintos del inteligente primate de forma imprevisible, aunque el realizador del film no logre extraer de este espacio en concreto unas connotaciones algo más complejas, de forma similar a como Alfred Hitchcock integró una memorable secuencia que transcurría en un parque similar en el devenir de De entre los muertos (Vértigo, 1958): en aquel film, el personaje interpretado por Kim Novak leía los diferentes acontecimientos históricos apuntados en los círculos concéntricos del tocón de una secuoya milenaria aumentando el misterio que rodeaba a su personaje y al propio film, introduciendo en el mismo un extraño discurso en torno al relativo paso del tiempo; Wyatt, por su parte, pierde la oportunidad de estimular en la mente del espectador gracias a dicho espacio la premonición de que un proceso de reversibilidad de la evolución de las especies en el planeta Tierra va a tener lugar.

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Esa poca predisposición que muestra en todo momento Rupert Wyatt a extraer misterio y auténtica inquietud del material que tiene entre las manos no solo aleja los resultados de su film del original de Schaffner (el cual es precisamente recordado por la densidad de su relato – el cual no excluía una dimensión parabólica -, y por la capacidad auténticamente inquietante de algunas de sus imágenes) sino también de la ciencia-ficción más profunda y visionaria. El origen del planeta de los simios deviene uno de los pocos films de espectáculo correctos que se estrenan este pésimo verano cinematográfico (a la espera quedamos de Super 8, el nuevo film de J. J. Abrams), pero demuestra con contundencia que el cine comercial norteamericano necesita un cambio de filosofía inmediato y una apuesta más decidida por realizadores con más personalidad que sean capaces de crear films con la capacidad de erigirse algún día en auténticos clásicos.

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