El Quimerico Inquilino (1976)

argumento
El joven Trelkovski logra encontrar un destartalado piso de alquiler con un precio algo elevado, y cuya anterior inquilina, Simone Choule, agoniza en un hospital tras haberse arrojado por una de las ventanas de la vivienda. Trelkovski no tarda en darse cuenta de las peculiaridades de sus vecinos y de su insistencia algo sospechosa en acostumbrarle progresivamente a los hábitos de Simone, llegando a provocarle un conflicto de identidad.
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critica
Bajo la aparente sencillez de lo narrado en “El Quimerico Inquilino” se esconde una densidad que le era muy querida a su director, Roman Polanski, sobre todo en sus películas de las décadas de los 60 y los 70. Es de rigor mencionar dos: “Repulsión” (Repulsión, 1965), y “ La Semilla del Diablo” (Rosemary´s Baby, 1968) con las que la presente mantiene no pocos puntos de contacto.

La película de Polanski adapta con bastante fidelidad (si la memoria no me traiciona, ya que la leí hace bastantes años) la novela de Roland Topor, y se apodera de su estructura narrativa circular, que es la principal baza que tiene el relato para generar una sensación obsesiva y claustrofóbica en el lector/espectador: a diferencia de otras películas o novelas con estructuras similares, la de Polanski y la de Topor, respectivamente, transmiten contundentemente una sensación de inmersión del protagonista del relato en una especie de agujero negro, que le atrae lenta pero irremisiblemente. El espectador/lector tiene en todo momento la sensación de que conforme avanza la narración la circularidad de la misma se va haciendo más evidente: todos los pequeños elementos que conforman la historia hacen converger a esta hacia una conclusión inevitable.

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Trekolvski (Roman Polanski), el joven protagonista de la historia, se erige en una especie de reflejo de ciertos aspectos de la sociedad de su tiempo, que además recuerdan, y no poco, al contexto social actual que se vive en todo el mundo: Trelkovski encuentra un piso de alquiler en un estado lamentable y a un precio que intenta regatear desesperadamente (sin resultados, pero aguzando su ingenio y picardía); el Sr. Zi (Melvyn Douglas), propietario del mismo, intenta (cínicamente) hacer consciente al joven de la suerte que tiene de haber encontrado un piso, pues “no es nada fácil”, y además es “un edificio respetable”; el carácter de emigrante polaco del protagonista es otro de los aspectos que salen a relucir en varios momentos del film, haciendo hincapié en la facilidad que tienen las comunidades que se forman en cualquier ciudad para sospechar de las personas extranjeras. Con estas perspectivas, el protagonista vive (más bien malvive) como puede en ese cochambroso espacio y con unos vecinos obsesivos y obsesionantes que le hacen la vida imposible. Los esforzados intentos de Trelkovski por pasar desapercibido en el edificio siempre degeneran en estruendosas (pero involuntarias) maneras de hacerse notar, extrayendo Polanski un humor muy peculiar de semejantes situaciones.

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Seguro que más de un espectador, durante el visionado del film, ve reflejada su propia existencia en la de Trelkovski, ya que la película de Polanski no hace más que partir de un contexto cotidiano, completamente reconocible para cualquiera, para, a partir de la construcción visual de atmósferas, la definición del extraño comportamiento de los personajes, o el uso del sonido, desviar la percepción del espectador hacia la raíz netamente surreal de esa cotidianidad.
Respecto al cariz (malsanamente) humorístico de muchas situaciones y de muchos personajes, me parece interesante señalar una posible influencia, o adhesión inconsciente, al universo Felliniano: Polanski se revela tan hábil como el director nacido en Rímini a la hora de seleccionar actores para el reparto, aportando cada uno con sus peculiaridades físicas o expresivas un granito de arena definitivo al conjunto de la película. La tendencia a la hora de seleccionar los rostros, cuerpos, dicciones en el habla, etc… va indiscutiblemente asociada al tono cómico que el director busca y encuentra para su película. Quién haya visto algunas caricaturas de Fellini en relación a sus trabajos cinematográficos (o al margen de estos) puede llegar a percibir un parecido evidente. Llegando aún más lejos casi aseguraría que Polanski llega a doblar las voces originales de sus actores, sustituyéndolas por otras más acordes con sus intenciones; ej.: el prefecto de policía y su voz exageradamente nasal, algo que, por supuesto, llevó a la práctica antes y con brillantez el director riminés.
Como muestra del acierto de Polanski a la hora de seleccionar actores, mencionar la incursión del propio director en el papel de Trelkovski, aprovechando notablemente su físico algo alelado, del que ya había sacado buen partido en su película “El Baile de los Vampiros” (Fearles Vampire Killers, 1967), y la del actor que interpreta al amigo más chulesco de Trelkovski: es interesante destacar la secuencia, delirante, en la que aquel invita a Trelkovski a su piso y le muestra el camino a seguir a la hora de tratar a sus vecinos, escuchando a todo volumen una marcha militar mientras saborea una cerveza y haciendo un alarde de injustificada inhumanidad cuando un vecino le pide tímidamente que baje el volumen por que su mujer está enferma, a lo que el perverso personaje responde: ¿Y qué tengo que hacer? ¿Dejar de vivir?.

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Del mismo modo que la peculiaridad de las voces y acentos de los personajes de la película es trabajada a fondo, Polanski también trabaja minuciosamente el apartado sonoro de la misma: el goteo perpetuo de agua que cae rítmicamente en algún lugar del interior del piso del protagonista, que se hace audible prácticamente en todas las secuencias en las que ese espacio tiene protagonismo; o el momento en el que, debido al ruido que están armando los amigos de Trelkovski en la pequeña fiesta de inauguración de su piso, un vecino acude a regañarle enérgicamente, y Polanski diferencia la sonoridad de las voces de ambos personajes: la voz de Trelkovski tiene una sonoridad pareja a la del resto de personajes que aparecen en la secuencia, pero en cambio, las palabras de su vecino tienen una sonoridad especial y muy agresiva. El silencio y el ruido son el eje sobre el que están construidas algunas secuencias, incluida la mencionada de la fiesta abortada, en la que una vez el piso es desalojado por su amigos, Trelkovski se esfuerza torpemente (y infructuosamente) en recoger las cosas sin armar jaleo.

La configuración decorativa del interior del piso, con el horrible papel de las paredes, las constantes grietas en las mismas, la ausencia de lavabo (lo que lleva a uno de los integrantes de la fiesta a miccionar en la cocina, provocando con ello el delirio etílico de sus amigos) y otros detalles, internan al film en un surrealismo cotidiano.
En “El Quimerico Inquilino” cohabitan un mínimo de tres posibles relatos: uno, que podríamos considerar como más objetivo que los otros dos, desde el punto de vista narrativo, en el que Trelkovski es víctima de las maquinaciones de una sociedad enferma (representada mayormente por sus vecinos, aunque también por otros personajes) que lo empuja a la fatalidad; otro, que podríamos denominar subjetivo narrativamente, en el que Trelkovski es el artífice de sus miedos, que crecen conforme avanza la película, y en el que finalmente es víctima de la paranoia que se ha auto-generado el mismo ; y el último posible relato vendría a entrelazar las dos mencionadas vertientes (objetiva y subjetiva) en una sólida pero indescifrable ambigüedad narrativa, siendo de las tres la opción más radical, ya que permite lecturas en los dos sentidos (objetivo y subjetivo) al mismo tiempo, y en la que símbolos como los jeroglíficos egipcios que encuentra Trelkovski en unas paredes en un momento concreto hacia el final del film sugerirían incluso el influjo de fuerzas invisibles que tuercen irremediablemente la existencia del personaje.
Es obligado destacar la excelente fotografía del maestro de la luz Sven Nykvist, que logra plasmar luminicamente el viaje que lleva de la luz a la oscuridad a Trelkovski.

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Algunas conocidas películas de los últimos años han adoptado no pocos elementos de esta película de Polanski. La menos importante (y que a mi personalmente me parece muy mediocre) sería “La Comunidad”, de Alex de la Iglesia; y con resultados mucho más destacables dos películas que se encuentran entre lo mejor de sus respectivos realizadores: la genial “Carretera Perdida” (Lost Highway, 1997, David Lynch) y la excelente “Barton Fink” (Idem, Joel Coen, 1991). La película de Lynch adopta un estructura narrativa similar, aunque más retorcida todavía que la de “El Quimerico Inquilino”, además de trabajar esos objetos o elementos que actúan como “ecos” en la narración, es decir, los que sugieren que la situación que vive el protagonista ya ha sido vivida antes por otra persona, o quizá por la misma, por que en la película de Lynch su protagonista sufre un trastorno múltiple de personalidad. En cambio, la película de los hermanos Coen adopta del film de Polanski el ambiente claustrofóbico y la predominancia de secuencias filmadas en interiores, y un interior, el de la habitación de hotel del protagonista, Barton Fink (John Turturro), decorado de una forma muy similar al del piso de Trelkovski.

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