Fin (2012)

Tras años sin verse, un grupo de amigos se reúne en una casa en la montaña durante el fin de semana. Parece que nada haya cambiado entre ellos, pero entre risas y anécdotas se oculta un turbio episodio del pasado que les sigue atormentando. Un extraño incidente altera sus planes, quedando completamente aislados y sin posibilidad de comunicación con el exterior. Deciden salir y buscar ayuda, pero en el camino el grupo se irá desintegrando, mientras lo que parece un nuevo orden natural se impone ante sus atónitos ojos.

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La prometedora adaptación de Fin, la novela de David Monteagudo que se convirtió en un sorprendente éxito editorial de Acantilado y fue comparada con la literatura de autores como Thomas McCarthy y Stephen King amén de suponer el debut novelístico del autor dos años atrás, al fin (vocablo que resulta especialmente adecuado de ser empleado para la ocasión) ve la luz de la mano del poco experimentado Jorge Torregrosa, quien se inicia en el largometraje con una cinta apocalíptica homónima que cuenta con un reparto actoral excepcional y unas ideas tan alabables como desaprovechadas; podría afirmarse que en el filme conviven dos películas, una inscrita en la nómina de las producciones españolas que pretenden alejarse (con mayor o menor acierto) de la recurrencia patria tendiendo hacia un cierto mimetismo respecto del cine americano encontrando en el género fantástico un dudoso terreno abonado y la otra en la de las propuestas más abstractas hablando de paisajes desolados como metáfora tanto del desenlace existencial que anuncia el propio título como del pronosticado apocalipsis social atribuido a la degradación que han sufrido las relaciones humanas en un contexto de crisis total (no tanto en cuanto a economía como en empatía, afectando seriamente al raciocinio más aconsejable y por ende más adecuado denotando la inutilidad de permanecer con vida si nadie se percata de ello, pues el fundamentalismo extremista al que se alude sostiene que uno existe solamente mientras otro pueda percibirlo).

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Entre la intriga de algo que nunca se explica del todo (graso error a la postre, pues la conclusión no fructifica) y la desaparición extensiva que padecen los personajes del metraje paulatinamente, el director navega sin rumbo entre el thriller de misterio y el drama existencial sin encontrar nunca el tono adecuado a pesar de atisbarse ciertos detalles indiciarios del mismo; la poderosa fotografía (destacable especialmente la estampida de ovejas en un desfiladero angosto) y la apetecible banda sonora (alternándose temas comerciales con otros mucho más singulares) se ven seriamente afectadas por un ritmo lineal que lejos de mantener la tensión desubica constantemente al espectador, sucediéndose hechos que contradicen (o cuanto menos poca conexión mantienen) lo desvelado con anterioridad.
Un grupo de viejos amigos (Maribel Verdú, Daniel Grao, Clara Lago, Blanca Romero, Antonio Garrido, Carmen Ruiz, Miquel Fernández y Andrés Velencoso, todos ellos propicios para las labores que les son encomendadas) se reúne para pasar unos días en plena naturaleza, al parecer a instancias de uno de ellos que finalmente no se presenta y que desempeñó un extraño papel en el pasado de todos, propiciando un acontecimiento inesperado e inexplicable que tensa aún más las relaciones que mantienen entre ellos, ya de por sí enrarecidas, y los precipita a un abismo alucinado donde toda presencia humana parece haber desaparecido; el ser propiciador de tal quedada es el apodado El Profeta (interpretado fugazmente por el polifacético Eugenio Mira, director de películas como Agnosia, firmante de bandas sonoras como la de Los Cronocrímenes y actor ocasional), cuyas pretensiones a la hora de reunirlos permanecen en todo momento ocultas, y el lugar en el que ha de tener lugar el acontecimiento es una cabaña perdida en el monte donde solían ir de excursión cuando estaban en el instituto, un misterioso emplazamiento que resulta inmejorable para contar anécdotas, cantar canciones y, en definitiva, compartir vivencias.
La sombra del secreto compartido permanece en el aire en todo momento, haciendo que les atormente y mantenga alerta sobre lo que puede ocurrir, y es que El Profeta sigue sin aparecer y el ambiente poco a poco se va enrareciendo hasta que ocurre algo, un destello en el firmamento y todos los aparatos electrónicos dejan de funcionar; uno de los integrantes desaparece sin dejar rastro y el resto sale a buscar ayuda, topándose con un nuevo orden natural que reina a su alrededor, pues la civilización parece haber desaparecido y la naturaleza ha tomado las riendas, asumiendo su preponderancia sobre los seres humanos que, poco a poco, siguen esfumándose como si nunca hubieran existido.
 
Aunque la intríngulis resida en un hecho conocido (sin ir más lejos fue tratado en la estupenda Indentidad, en la misma atribuido a explicaciones psicológicas y en ésta a argumentaciones místicas) no deja de antojarse apasionante y absorbente, pero la narrativa empleada no convence lo más mínimo, obstaculizando las destacables interpretaciones de Maribel Verdú (una de las actrices españolas menos reconocidas de la historia del séptimo arte aun habiendo protagonizado numerosas películas de importante repercusión y calidad) y Antonio Garrido (breve aunque contundente a la par que divertida es su aportación); las diversas facetas positivas permanecen en la sombra mientras los errores brillan sin cesar, provocando el descontento y facilitando la elaboración de reproches.
Las relaciones entre los personajes se quieren hacer más complejas de lo que deberían (posiblemente un minutaje más extenso hubiese sido más propicio, aunque el guión tampoco lo garantiza) y los diálogos resultantes se sitúan entre el coloquialismo más estereotipado y los tópicos exclamativos del género al que pertenece el metraje, produciendo un inadecuado efecto de falsa cercanía que derrumba por completo el trabajo logrado por los actores, todos ellos perfectamente creíbles y entregados; Fin debería haber asumido sus presupuestos hasta el final, pero no es así por el miedo ancestral del cine español industrial a parecer ambiguo o inseguro, frágil o precario, temor que termina por convertir la propuesta en poco estimulante y altamente dependiente (la voluntad de romper los esquemas impuestos por las convenciones populares no se consuman y por lo tanto el intento se convierte en fracaso), un desperdicio de producción que sin embargo deja buenas sensaciones generalizadas a lo largo de la misma aun sin alcanzar el nivel que debiera (o al menos pudiera) por todo lo expuesto a lo largo de la presente crítica.
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