Grave Encounters (2011)

argumento

Lance Preston y el equipo de un show televisivo de cazadores de fantasmas llamado ‘Grave Encounters’, están grabando un episodio dentro del abandonado hospital psiquiátrico Collingwood, donde durante años se han informado de fenómenos inexplicables. Cualquier cosa en nombre de la televisión vale, así que se encierran durante una noche dentro del lugar. Pero no tardarán en darse cuenta de que el edificio está más que maldito, está vivo, y no tiene la menor intención de dejarles salir de allí con vida. Se encuentran sumidos en un laberinto de pasillos interminables y aterrorizados por los fantasmas de antiguos pacientes. No tardarán en cuestionarse su propia cordura, descubriendo la verdad que esconde el oscuro hospital y grabando lo que será su último episodio.
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critica

Los canadienses The Vicious Borthers (inteligente y sugerente pseudónimo con el que han querido darse a conocer los directores) firman su carta de presentación dirigiendo Grave Encounters, un filme paranormal que de buen seguro les servirá para hacerse un hueco en el difícil terreno del terror dentro del extenso y ramificado séptimo arte, ya que la cinta es el debut soñado por cualquier director merced a una serie de características que detallaré a continuación. Tengo que admitir que siempre he tenido una especial predilección por las películas que optan por transmitir el terror que sufren los protagonistas en primera persona (subgénero iniciado por Holocausto Canibal, modernizado por El proyecto de la Bruja de Blair y convertido en fenómeno de masas a raíz de Paranormal Activity), pero únicamente alabo aquellas que consiguen su propósito sin necesidad de recurrir a tópicos y centran sus esfuerzos en intentar lograr ese ansiado (y sumamente difícil) fin de una forma atrevida y directa; es por ello que en esta ocasión tengo la sensación de haber visionado un producto original y refrescante (algo que no obstante considero muy subjetivo), no tanto por la forma de acontecer la historia sino por la manera de exponer los sucesos y el enorme gancho que tiene la premisa de la que parte: un psiquiátrico encantado en el que un grupo de televisivos reporteros decide experimentar dichos fenómenos paranormales encerrándose en el edificio.
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Grave Encounters
hace referencia al nombre de un programa de televisión creado por el productor de vídeos californiano Jerry Hartfeld (Ben Wilkinson), que se podría traducir como “Encuentros de Ultratumba”; en él, unos intrépidos reporteros se dedican a frecuentar lugares malditos, sitios en los que las experiencias paranormales son habituales según testimonios de los residentes en ellos. El grupo, formado por Lance Preston (quien lleva a cabo las entrevistas y narraciones que sus documentales comprenden; un increíble Sean Rogerson, que sólo flojea en los momentos de mayor emotividad), Sasha Parker (una especialista en ocultismo; Ashleigh Gryzko), Matt White (el técnico de sonido; Juan Riedinger), T.C.Gibson (el camarógrafo; Herwin Mondesir) y Housten Grey (un privilegiado con capacidad para percibir presencias extrañas; Mackenzie Gray), se dispone a filmar el sexto capítulo de la serie, titulado “El asilo embrujado”, en el que pretenden visitar el antiguo y abandonado Centro Psiquiátrico Collingwood, hogar de más de 80.000 personas enfermas y perturbadas mentalmente años atrás (de ello nos pone al corriente Morgan Turner, un historiador local interpretado por Shawn McDonald).
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El centro es fuente de multitud de historias (algunas de ellas totalmente fictícias, como se pone de manifiesto con la entrevista que concede al grupo Javier Ortega, el jardinero sobornado del lugar interpretado por Luis Javier), especialmente por un supuesto experimento mental realizado por el emblemático doctor Arthur Freidkin (Arthur Corber), profesional del sector cuya idea desembocó en varias muertes, incluyendo la suya. Kenny Sandavol (el actual responsable del mantenimiento del edificio; Bob Rathie) les abre las puertas para que permanezcan encerrados 8 horas dentro, elaborando el reportaje en la más absoluta oscuridad y grabando todo lo que acontezca con tres cámaras de visión nocturna y otras tantas colocadas en puntos estratégicos, en los que la actividad paranormal suele tener lugar. No obstante, la cosa se tuerce cuando, llegado el momento pactado de apertura de la puerta Kenny no aparece y, lo que es peor, al forzar dicha puerta se encuentran con otro pasillo del psiquiátrico.
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Sumidos en un laberinto de pasillos interminables y aterrorizados por los fantasmas de antiguos pacientes, no tardarán en cuestionarse su propia cordura, descubriendo la verdad que esconde el oscuro hospital; su única esperanza será utilizar el equipamiento que portan: un medidor EMF (para captar campos electromagnéticos), un sensor de temperatura (para identificar la presencia de figuras espectrales), una grabadora (para registrar posibles psicofonías) y un sensor Geiger (para detectar la radioactividad que desprenden los espíritus), aunque ni tan siquiera tales aparatos les brinadrán la seguridad de sobrevivir. Las más de 80 horas de grabación nos mostrarán las innumerables vivencias del grupo (supuestamente un mockumentary verídico, es decir, imágenes encontradas), así como el fatídico final que sufrieron.
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Los gigantescos brazos negros como el carbón que invaden la pantalla (y que sirven de antesala para el frenético final) son sólo un ejemplo de la poca cordura que el metraje presenta, aunque esto sólo se refiere a la excéntrica puesta en escena que luce la cinta, ya que argumentalmente ocurre todo lo contrario, puesto que todo tiene un motivo medianamente racional para suceder de la manera que lo hace. La crudeza de algunas imágenes puede llegar a revolver el estómago (en especial la secuencia que capta cómo Lance se alimenta en los túneles de un curioso, y común en esos lares, alimento), pero lo cierto es que la sutileza en la que es plasmada resulta fácilmente elogiable y difícilmente olvidable; aunque si algo verdaderamente abunda en la película son las explicaciones en torno al mundo de lo paranormal, como la referida a la diferenciación entre un espíritu residual (una especia de eco del pasado que cambia de lugar temporal constantemente) y un espíritu inteligente (aquel que tiene la intención de interactuar con la gente, ya sea con buenos o malos propósitos).
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La historia (o mejor dicho, historias) que envuelve al antiguo psiquiátrico es fascinante, y los momentos de tensión están perfectamente plasmados en secuencias tan creíbles como aterradoras, alternando planos en primera persona con otros fijos, una técnica que consigue combinar de forma excelente sensaciones de pánico con otras de una inquietud extrema. No obstante, y a pesar de todo lo bueno que la película ofrece, hay que admitir que, en el ecuador de la misma, ya podemos intuir (y no nos equivocaremos) cuál será el desenlace (quizá demasiado obvio), pero hasta llegar a ese punto (e incluso después, gracias a la apasionante sucesión de acontecimientos) Grave Encounters atrapa al espectador irremediablemente y, lo que es más importante, expone desde el inicio de la trama todo el arsenal del cual irá haciendo gala hasta llegar al desenlace (algo que cintas de semejante índole no suelen hacer, y no hacen más que distraer y marear sin necesidad ni lógica). En definitiva, nos encontramos ante una propuesta irracional a la par que elocuente, tan excéntrica como elegante, una combinación de elementos e ideas que se entremezclan de forma extraordinaria y que dejan con ganas de (mucho) más, hecho que implicará el éxito de los singulares y prometedores debutantes The Vicious Brothers.

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