Hara Kiri: Death of a Samurai (2011)

argumento

Ichimei narra la historia de Hanshiro, un samurai que llega a la residencia de un clan con la intención de terminar con su vida llevando a cabo el ritual del harakiri. El líder del clan intenta disuadirlo contándole la trágica historia de Motome, un joven que, poco tiempo atrás, llegó a ese lugar con las mismas intenciones.

Hara Kiri: Death of a SamuraiHara Kiri: Death of a Samurai

criticaEstupendo el nuevo trabajo de Takashi Miike, quizá su obra más plenamente conseguida hasta la fecha, filmada inmediatamente después de su prestigiosa 13 asesinos (Jûsan-nin no shikaku, 2010), y a la cual Hara-Kiri supera claramente en sus resultados artísticos, mucho más homogéneos y equilibrados. Aunque el film es una nueva versión del clásico japonés Hara-Kiri (Seppuku, 1962), dirigido por Masaki Kobayashi y premiado en su momento en Cannes con el Premio Especial del Jurado, y aunque la obra de Miike respeta en sus líneas esenciales los acontecimientos narrativos fundamentales presentes en aquel, lo cierto es que existen no pocas diferencias entre ambas (de estructura narrativa, de planificación, de fotografía, de situaciones dramáticas que se dan en una versión pero no en la otra, etc.) que permite diferenciarlas sin muchos problemas. El ejemplar clasicismo formal del que hace gala Miike en este film no sería lo mismo si el realizador, caprichosamente, rompiera con él en algún momento (como desgraciadamente sí ocurre en la mencionada 13 asesinos), y aunque la apropiación natural, sin falsas poses de artista, de unos códigos visuales muy japoneses y cartesianos queda patente en todo momento (desde una preferencia casi absoluta por las posiciones de cámara con ligeros ángulos contrapicados hasta unas composiciones visuales que juegan continuamente con las diagonales del espacio, muy propias de la pintura y el cine japoneses), y el realizador unifica todo el relato con un tempo narrativo de cadencia lenta también muy propio de su país, el talento y la audacia de Miike siguen presentes durante todo el metraje de Hara-Kiri: Death of a samurai.

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Miike supera a Kobayashi en varios aspectos, siendo quizás el más evidente – pero no más importante – de todos la más convincente resolución de las escenas violentas que muestra el film actual, y que son tres en total: la tremenda muerte por desventramiento, con una katana de madera, del samurai Motome, al principio del relato, y los dos enfrentamientos de Kageyu (Kôji Yakusho), quien se encarga de vengar la injusta muerte de Motome, primero contra los tres mensajeros que le llevan la noticia de la muerte de su yerno (pues Motome está casado con su hija Miho), y poco después contra el clan de samurais al completo al cual pertenecen ambos – es decir, tanto Motome como Kageyu -. Por otro lado, y pese a su contención dramática, la cinta de Miike en su conjunto me parece más emotiva y lírica (a lo que ayuda, y no poco, la fotografía en color del presente film, frente a la más dura imagen en blanco y negro que presentaba la obra de Kobayashi), como demuestran instantes tan atractivos, y que realzan de una forma verdaderamente conmovedora la tragedia humana que desarrolla el relato, como aquel en el que Motome, tras vender sus katanas para poder comprar algo de comida para su mujer y su hijo enfermos, contempla con tristeza como uno de los pocos huevos – tan solo tres – que ha podido conseguir, se estrella contra el suelo a causa de su fortuito tropiezo con dos niños que corretean por la calle. Hara-Kiri, versión Miike, quizá no sea una película tan política como en realidad lo era el original de Kobayashi, pero ambos realizadores lanzan auténticos dardos envenenados contra la hipocresía y frialdad de unas instituciones (políticas, sociales o de cualquier otro tipo: en realidad, el clan samurai de ambos films deviene una excusa como cualquier otra para a través de uno de estos organismos hablar de todos los demás) que anulan a conciencia la humanidad del individuo. Tema muy caro a la sociedad japonesa, en la que por tradición las obligaciones del individuo para con la sociedad en la que vive siempre deben estar, en su conciencia, por encima de sus deseos y anhelos íntimos.

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