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Corea del Sur lleva un tiempo dándonos alegrías con estandartes de buen cine como The Chaser, o The Yellow Sea, por poner dos ejemplos relativamente recientes. Si bien es cierto que el género del thriller es el más prodigo, quizá porque es el más fácil de vender fuera de sus fronteras, de vez en cuando llegan rarezas, en el sentido más inocuo del término, como Karaoke Crazies.

El film de Sang-chan Kim se apoya en la premisa del más es mejor, coqueteando con varios géneros a la vez, hasta el punto que se desdibuja su trama, no teniendo demasiado clara cuál es su dirección ni propósito. En su evolución desde la comedia más simplona, al drama más irrelevante, la película peca de falta de ritmo en la mayoría de sus secuencias, provocando que los momentos divertidos como sus referencias al chiste sexual fácil sobresalgan por encima de las distintas subtramas que podrían haber llevado el timón de la historia, y que se convierten en un elemento sin interés alguno para el espectador. Debido a esto, no logramos conectar ni empatizar con unos personajes a los que se podría haber sacado mucho más jugo.

Pero donde verdaderamente se hunde Karaoke Crazies es en su paso del drama al thriller de asesino en serie, donde se convierte en un “quiero y no puedo” con una última subtrama carente de toda credibilidad y resuelta de manera burda y absurda.

En definitiva, Karaoke Crazies intenta referenciar con poco éxito películas como Gran Hotel Budapest o Delicatessen, y aunque consigue tener algún momento destacable, esto no evita que pase sin pena ni gloria por el Olimpo del mejor cine coreano.