No habrá paz para los malvados
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La última película dirigida por Enrique Urbizu deviene también el más sólido peldaño en la filmografía de un cineasta español que demuestra que aún es posible confeccionar con éxito en este país un cine de género – el thriller -, al que demasiados ya en los últimos años se han acercado de forma completamente fallida. Es posible que el actual éxito de Urbizu sea consecuencia directa de una voluntad y honestidad profesional que le han llevado siempre, desde su primeros pasos en la profesión, a rebajar las sempiternas pretensiones autorales características de gran parte de sus compañeros, en beneficio de una voluntad artesanal, al modo de algunos cineastas clásicos, no desprovista, ni mucho menos, de personalidad y de una particular idiosincrasia. A lo largo de algo menos de 25 años de carrera, Urbizu ha cultivado géneros clásicos como la comedia (Tu novia está loca, Cuernos de mujer), el thriller y el cine negro (Todo por la pasta, Cachito, La caja 507, el capítulo “El hermano pequeño” de la serie televisiva protagonizada por el detective Pepe Carvalho), el drama (Cómo ser infeliz y disfrutarlo, La vida mancha), y el cine de terror (el capítulo “Adivina quién soy“, de la serie de televisión Películas para no dormir).

No guardo una opinión favorable de todos estos trabajos, pues considero que su primer film, la muy endeble comedia Tu novia está loca (1988) no debería ser valorado más que como un trabajo de aprendizaje de la profesión, que el interés de Todo por la pasta (1991) está algo exageradamente dimensionado por algunos fans, pese a ser un por momentos efectivo thriller, y que Cachito (1996) es una chirriante y bastante insufrible mezcla de thriller y comedia que parece querer acercarse al Tarantino de Pulp Fiction (1994), precediendo por muy poco a otro film patrio que comparte un sentido del humor similar y que gozó de gran éxito en su momento, como Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997). Dejando a un lado sus contribuciones para televisión (1), Urbizu ha demostrado en el resto de su obra tener buena mano para la planificación y el montaje, y lo que me parece todavía más importante en la actualidad, ha demostrado ser un sólido y eficiente narrador de historias, algo que, aunque parezca mentira, muchos de sus compañeros de profesión, más prestigiosos que él, todavía no han demostrado. En este sentido, y centrándonos exclusivamente en su asociación artística con el guionista Michel Gaztambide (2), podemos decir que este último resulta ser una pieza clave del crecimiento profesional de Urbizu. Ya quedó patente en La caja 507, y quizá todavía más en La vida mancha, que Gaztambide es muy capaz de crear narraciones densas y alambicadas, pobladas por personajes interesantes y misteriosos. También quedó convenientemente reflejado en estos films el apego que este guionista tiene a la realidad social del momento, a la que mira con recelo y no poca ironía y mala leche.

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Urbizu y Gaztambide han logrado fusionar de manera muy coherente sus diferentes talentos y personalidades, y gracias a ello difícilmente puede considerarse que el resultado artístico de No habrá paz para los malvados pertenezca más a uno que al otro. Si Urbizu demuestra haber alcanzado una cierta madurez profesional, muy palpable en la solidez narrativa de sus encuadres en formato panorámico – que hoy en día casi ningún realizador utiliza con propiedad, salvo excepciones como Scorsese, Eastwood o Coppola; es decir, realizadores con una clara inclinación hacia los clásicos -, en el tempo de los planos – generalmente de una duración larga para lo que se estila en la actualidad en el cine comercial, pero apropiado para desarrollar convenientemente situaciones y personajes -, la sobriedad del montaje – tendencia que el realizador no pierde ni siquiera en los momentos más violentos del film, que gracias a ello ganan en contundencia y agresividad, resultando estos gracias a ello tan elocuentes como un puñetazo en el estómago -, o la notable dirección de actores – que permiten considerar a Urbizu como uno de los más eficaces en este aspecto del panorama español, quedando muy por encima de compañeros suyos como Almodóvar o Amenábar – no es menos cierto que la capacidad de Gaztambide para la construcción narrativa de guiones, para la creación de personajes y para los diálogos resulta cada vez más sólida, destacando de forma obvia de todo el conjunto la concisa duración de las diferentes situaciones, que nunca se alargan más de lo necesario, y la minuciosa dedicación a los pequeños detalles que hacen más verosímil todo el conjunto (Ej: Santos Trinidad  – José Coronado – hablando por teléfono mientras se encuentra en un vertedero y lanza en diferentes direcciones los diversos casquillos de su arma, que le delatarían como autor de la matanza que perpetra al inicio del film; Santos y su joven compañero de policía haciendo prácticas de tiro con dianas, a las que el primero considera que “son solo muñecos” y para las que ya se muestra algo torpe y gastado: en el tiroteo final que cierra film comprobaremos como el protagonista falla al disparar en varias ocasiones). De todos modos, es cierto que existen algunas pequeñas imperfecciones de guión, como por ejemplo la confusa manera de relacionar a Santos con una gogó de discoteca, Celia (Nadia Casado), a la que el primero utiliza para conseguir información y con la que no queda del todo claro si ya existía entre ambos un conocimiento previo o no, o la más bien torpe resolución del momento en que Santos coincide en un bar con el hijo de un antiguo compañero suyo: aunque queda palpable que el personaje ha roto lazos con su pasado, el momento no es trascendente, y en realidad ni siquiera necesario desde un punto de vista narrativo, pues no aporta nada al personaje que no quede lo suficientemente claro en otros momentos del film.

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No habrá paz para los malvados se intenta vender, a través de su correspondiente trailer, como un thriller español con mucha acción y violencia, y lo cierto es que, pese a que las tres secuencias de violencia que hay en el film son excelentes (el tiroteo inicial en el puticlub, la emboscada que le tienden a Santos dos jóvenes terroristas, y la matanza final en el escondite de los terroristas), por si solas no dotan de interés a la obra de Urbizu y Gaztambide, quienes se muestran más pródigos desarrollando secuencias de carácter más intimista o de investigación, así como describiendo las constantes vitales de una sociedad en plena crisis social, económica y política, en la que las personas acaban adquiriendo, para sobrellevar la existencia, una actitud extraordinariamente cínica para con los demás: detalles como el colegueo que se gasta un soplón de la policía en su trato con un comisario, o el endémico  atontamiento que la presencia de un móvil en las manos de una persona puede provocar (y que lleva a Santos Trinidad a coger uno de estos aparatos de manos de un tipo al que está interrogando y lanzarlo por la ventanilla de su coche por devenir causa del entorpecimiento de sus pesquisas), o las constantes interrupciones en el fluir de una conversación que las llamadas a móvil ocasionan (como queda palpable en la conversación entra la jueza Chacón Helena Miquel y un agente de policía, o entra la misma jueza y el inspector Leiva Juanjo Artero -) funcionan en esta dirección. En realidad, en el film Santos Trinidad no es más que el encargado involuntario – al modo de una hoja caída de un árbol y caprichosamente arrastrada por el viento -, de mostrar a los espectadores las entrañas del peligroso estercolero en el que vivimos, – creado por los cabos sueltos dejados por la policía en el curso de importantes investigaciones, las negligencias profesionales voluntarias (o involuntarias), o la incomunicación humana (que afecta al intercambio de información entre los diferentes departamentos policiales, que antes parecen competir entre sí que colaborar unos con otros), – y que unos terroristas sabrán aprovechar a su favor para intentar perpetrar un atentado. La verosímil descripción de los movimientos de estos últimos, y de la circulación del dinero negro que les permite cerrar tratos, de forma invisible para las autoridades, con la mafia colombiana o con un camionero ruso – que les facilitará los explosivos que necesitan para llevar a cabo una atrocidad – es otro de los puntos a favor de un film que utiliza sabiamente los mecanismos clásicos del thriller, es decir de la ficción, para describir otros mecanismos más reales, los del terrorismo nacionalista, que ha visto enormemente facilitados sus caminos a causa de la globalización.

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Aunque es difícil prever los futuros derroteros que tomará la carrera de Urbizu, uno espera (y desea) que este cineasta pueda seguir rodando con regularidad, y es que, a la chita callando, ha logrado devenir uno de los tipos más competentes y necesarios del cine español. Urbizu hace cine mientras otros en este país (Medem, Almodóvar, y muchos otros anteriormente ensalzados por algunos espabilados) se miran el ombligo y no ganan los premios que ellos previamente ya se habían adjudicado.

No habrá paz para los malvados

 

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