Piranha 3DD (2012)

Después de haber despertado de una gran juerga en las vacaciones de primavera del Lago Victoria, el enjambre de pirañas se dirige aguas arriba, donde les espera un banquete en un parque acuático local. La diversión es la nota predominante hasta que deben hacer frente a las feroces pirañas.

Tras la inesperadamente divertida y parcialmente lograda (tanto desde la perspectiva visual como desde la argumental) Piranha 3D, la secuela de ésta prometía convertirse en una de las películas más agradables (dentro del amplio marco de producciones de escasa repercusión comercial) del presente año y, aunque la simpleza de la trama, de las interpretaciones y de los efectos especiales (en especial la modelación de las temibles pirañas, la cual se aproxima indecentemente al despropósito más absoluto) pudieran haber convertido la obra en un auténtico suplicio fílmico, la repetición de la fórmula adoptada por su predecesora mostrando una ingente cantidad de rojiza sangre, voluptuosos pechos y absurdas situaciones cómicas consigue entretener en gran medida y agradar altamente al espectador.

A pesar de lo descrito con anterioridad, el disparatado patetismo en el que se tornan la mayoría de secuencias, la insana cantidad de criaturas digitalizadas que acechan a centenares de personas, el inexplicable desenfreno al que se apela desde un inicio y la mugrosa acuosidad en la que acontece la acción, características de las que hace gala sin remordimiento alguno John Gulager en Piranha 3DD, resultan poco adecuadas y mucho más empleadas de lo que debieran, pues éstas restan credibilidad (si es que ésta se puede atisbar en algún momento, ardua tarea de imposible fructificación) y singularidad a una propuesta que únicamente encuentra una pequeña motivación de ser visionada en la reaparición del inolvidable Christopher Lloyd (que ya apareció en la primera entrega) y la burlesca personal que David Hasselhoff derrocha hacia su propia persona.

El Lago Victoria se ha convertido en un lugar en cuarentena tras los hechos acontecidos años atrás, quedando totalmente despoblado desde el éxodo propiciado por los fatídicos incidentes ocurridos en el mismo a raíz de las trágicas muertes de centenares de jóvenes ansiosos de desmadradas fiestas que se vieron sorprendidos por una jauría de hambrientas pirañas carnívoras (éste es precisamente el resumen de la trama de la primera parte, recogidas en ésta segunda en forma de documental); barajándose la posibilidad de que aquellas infernales criaturas pudieran volver a sembrar el caos entre los residentes de alguna población, la historia se enmarca en Crass Lake, un lúgubre lago que podría convertirse en el lugar perfecto para el regreso éstas merced a la precaria seguridad tectónica que presenta y las múltiples posibilidades de difusión circulatoria que ofrece.

Precisamente una de esas contingencias recae sobre The Big Wet, el parque temático más salvaje del mundo en el que se destinan varias de sus piscinas exclusivamente al público adulto, con el propósito de que aquellas personas mayores de edad que lo deseen puedan lucir sus cuerpos desnudos (destacable singularidad que, curiosamente, facilitaría el trabajo devorador de las mencionadas pirañas en caso de decidir apabullar a sus descerebrados clientes), cuyo interesado y pervertido responsable, Chet (David Koechner, anormalmente parlante y eficazmente inmerso), no duda en instalar una tubería a través de la cual circula el agua del citado lago directamente a las piscinas del parque acuático en aras de lograr el máximo beneficio aunque éste suponga adoptar las mínimas prevenciones de seguridad; Maddy (Danielle Panabaker, de apariencia tan indescriptible como prescindible resulta dicha actriz), la hijastra de Chet, regresa a la población tras terminar con éxito sus estudios de biología marina en el extranjero, encontrándose un panorama lógicamente poco apetecible e intentando por todos los medios que se conserve cierto grado de raciocinio.

Poco tardarán en cobrar protagonismo las indeseables pirañas, siendo Ashley (Meagan Tandy, intransigente), Josh (Jean Luc Bilodeau, fugaz e indiferente a partes iguales), Shelby (Katrina Bowden, bella a la par que precisa, quien ya demostró sus dotes interpretativas en la sumamente aconsejable Tucker & Dale vs Evil), Barry (Matt Bush, insulso aunque aceptable para la ocasión) y Kyle (Chris Zylka, fácilmente odiable), acérrimos amigos de Maddy, quienes lo sufran en primera persona viéndose obligados a acudir al antiguamente reputado profesor Goodman (Christopher Lloyd, realmente formidable) para conocer su predicción acerca de la evolución anfibia consistente en la adopción del conocimiento para caminar por parte de éstos en un futuro muy próximo (trascendental hipótesis para el desenlace de la cinta); aunque la teoría les pueda parecer peligrosa, más lo será el ataque de las creídas extinguidas bestias, ante el cual solamente restará luchar con la mayor diligencia posible y resignarse a las poderosas armas de Deputy (Ving Rhames, inaprovechado aunque magistral) y al desfasado carisma de David Hasselhoff (el propio David Hasselhoff, algo menos ridículo que en Fuga de cerebros 2).

La muerte de Chad (representativa de la esencia de la producción, pudiendo resumir en tres conceptos, sensualidad, sangre y humor), la imploración de misericordia por parte de Ashley y Josh realizada instantes antes de llevar a cabo relaciones prematrimoniales (clara crítica a la incoherencia referencial de la juventud actual), la legitimadora cámara lenta (insufrible en ciertos compases), la bestial transmisión de Shelby a Josh (maquiavélica y completamente loable metáfora de la conexión entre vagina y pene), la escena de Maddy en la bañera (un inconfundible guiño a la mítica Pesadilla en Elm Street), la seductora y enfermiza escenificación de David Hasselhoff (orgulloso de ridiculizar su época dorada siendo presentado como el salvavidas más famoso de todos los tiempo con la sintonía de la laureada serie televisiva que le catapultó al estrellato Los vigilantes de la playa de fondo, cuyo mayor rechazo reside en los movimientos obscenos que realiza al término del metraje, en las interminables tomas falsas), la superación traumática de Daputy (patriótica y balística, ejemplo del sentir estadounidense) y la siempre agradecible presencia de Christopher Lloyd (volviendo a ejercer de científico obsesionado y poco menos que demente supuestamente seguido por una muchedumbre que le ha alzado a lo más alto de la lista de vídeos más visitados de la red desbancando a un bebé sonriente con diarrea, absurdamente genial) son los puntos definitoriamente positivos de Piranha 3DD, un buen número de razones para decidirse a visionarla a pesar de la obviedad de peyorativas sensaciones que generará.

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