Prometheus (2012)

La Tierra. Año 2058. Unas excavaciones arqueológicas en África revelan los restos que demuestran que los humanos fueron creados genéticamente por una raza alienígena avanzada (los Space Jockeys). Estos “dioses” también modificaron el terreno de nuestro planeta para hacerlo habitable a sus creaciones humanas. Además, entre los hallazagos se encontrarban también las coordenadas del planeta de nuestros creadores.
Meses más tarde la Weyland Corp. lanza su nave espacial Prometheus al espacio para hacer un primer contacto. Gracias a la posibilidad de viajar a la velocidad de la luz llegan años después al sistema solar Zeta Riticuli. Los humanos están agrecidos a sus creadores y los alienígenas orgullos de sus “hijos”, su primera creación con tal nivel de inteligencia.
Como recompensa comparten parte de su asombrosa bio tecnología con los humanos. Sin embargo, para un miembro de la tripulación del Prometheus esto no es suficiente, y en un acto traicionero les roba el bio código fuente del terraforming, una tecnología que podría dar a los humanos poderes similares a los dioses. Nuestros creadores además de científicos, son también seres despiadados y destructores de mundos que no aceptan a los humanos como iguales, y por ello liberan su arma biológica favorita, un ser que usan para “limpiar” los mundos antes de colonizarlos. Pero algo sale mal en el proceso y los humanos consiguen utilizar este arma biológica contra sus creadores, dando lugar al nacimiento de una criaturas más inteligente, desagradable, grandes y devastadora… y que provocará el fin del paraíso alienígena.
Algunos supervivientes del Prometheus se las ingenian para lograr escapar del planeta… En su camino, un dios alienígena superviviente en una nave muy familiar con una última misión: Llevar la furia de los dioses hasta la Tierra…

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Muchas son las formas de traducir la mitología griega en cine. Dos, las de abordarla. Con o sin pretensiones. Furia de titanes (Louis Leterrier, 2010) y O Brother (Joel Coen, 2000), por ejemplo, la interpretan para entretener. Leterrier, facturando un Perseo de mercadillo. Los Coen, esculpiendo un Ulisses de aplauso. No es éste el caso de la última película de Ridley Scott. Prometheus (2012), una precuela de Alien, el octavo pasajero (1979) que aborda la mitología con pretensiones, con voluntad kubrickiana de trascender una saga de películas que el propio Scott desencadenó y en la que han participado James Cameron, David Fincher, Jean-Pierre Jeunet y el pésimo trío aúna-franquicias formado por Paul W. S. Anderson y los hermanos Strause. Scott vuelve a esta saga como Miguel de Cervantes lo hiciera en el siglo XVI con su popular y copiado Quijote: para reivindicar su autoría. Asimismo, el cineasta inglés pretende dar una visión distinta a lo tratado anteriormente. Quiere explicar lo inexplicado.

Si en Robin Hood (2010) se esforzaba sin éxito con un relato sobre cómo se forja una leyenda medieval explotada hasta la saciedad, en Prometheus (2012) sigue la misma estrategia –aportar datos y revelar misterios– en tiempos donde la expansión de lo ya creado tiende a ser más rentable que el atrevimiento narrativo.

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Con un guión en el que ha participado Damon Lindelof, guionista de Perdidos (J. J. Abrams, 2004), la nueva óptica que se da al universo Alien gira en torno a una pregunta: ¿quién diantres era el cadáver marciano con el pecho abierto –conocido popularmente como “space jockey”– que aparecía escuetamente en la primera película?

Primera parte de una trilogía, esta historia arranca años antes del periplo de la teniente Ripley. 2093: un grupo de astronautas emprende un viaje, guiado por una invitación alienígena que podría poner fin a siglos de interrogantes filosóficos. Dirige la expedición la fría Meredith Vickers (Charlize Theron) y la patrocina el mega-empresario Peter Weyland (Guy Pearce). También figuran en la tripulación de la nave –llamada como el título– la antropóloga católica Elizabeth Shaw (Noomi Rapace de nuevo al servicio del frenesí), un puñado de secundarios poco desarrollados y el androide David, es decir, Michael Fassbender haciendo una de las mejores radiografías de lo robótico vistas en pantalla.

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Presentado el equipo, aterriza en un planeta en busca de amistad y respuestas, pero acaba desencadenando el horror en estado viscoso y desagradable. Todo ello, inevitablemente familiar respecto al film original. El despertar del mal, personajes cayendo uno detrás de otro, la fundamental secuencia del parto parasitario –aquí sustituida por una cesárea más autoconsciente y asfixiante que nunca– y una escueta liza final entre voluminosas criaturas, con protagonista sola ante el peligro incluida. La paramnesia está servida. Todo parece repetirse, sólo que con mayor presupuesto y una madurez formal y estética que muchos directores ya quisieran para sí. Por el camino, además, iremos conociendo a los alienígenas emisores del mensaje, aquí llamados “ingenieros”, y un plano final –para muchos sobrante– que nos hace releer la película como una cadencia de circunstancias que preceden el nacimiento del primer monstruo biomecánico, también llamado “xenomorfo”.

¿El resultado? Por debajo de las capacidades de Ridley –dirán algunos. No es lo que prometía la sabrosa campaña de marketing viral –añadirán otros. Y no se equivocan. Pero Prometheus es algo más que esto. Encierra un universo de referencias visuales y de subtexto realmente jugoso.

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Cine con vocación de museo

El titán Prometeo creó al hombre con agua y barro y le entregó el fuego hurtado a los dioses. Zeus contestó con dureza. Castigó a la humanidad a través de Pandora, enviada a la Tierra para abrir un ánfora contenedora de todas las desgracias que existen, y sometió a Prometeo, heredero de la inmortalidad del centauro Quirón, al sufrimiento eterno. Lo encadenó en el Cáucaso, donde cada día un águila lo visitaba para devorarle el hígado y éste le volvía a crecer durante la noche. Sólo una flecha disparada por el semidivino Hércules puso fin a tan sangriento castigo.

Prometheus no llega ni a libre versión de este mito. Sus personajes no tienen su equivalente sobre las páginas de Esquilo, pero sí resonancias en sus acciones y experiencias. Bajo la curiosidad de David, late el espíritu de la arquetípica Pandora. Ambos disponen las piezas necesarias para desatar involuntariamente un infierno del que nadie saldrá indemne. Igual de prometeico es el anciano Peter Weyland, tras chirriar su aparición en escena, ya que persigue la inmortalidad que tanto caracteriza al titán mitológico. En cambio, no hay rastro de la amistad que el hombre sintió por el Prometeo literario, pero sí mucho de su escarmiento en esta historia faustiana sobre creación y descontrol, sobre lo peligrosa que es la ambición, sobre el castigo que conlleva, por ejemplo, rebasar los límites de la ciencia y acabar con una extirpación parasitaria tan dolorosa como el picoteo de un ave rapaz.

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Ridley Scott también se sirve de Prometeo como ente creador, nunca benefactor, del hombre. Sólo hay que prestar atención a la ambigua secuencia inicial –quizá inspirada en los grabados sobre ángeles caídos al borde de una cascada que acompañaban la lírica El paraíso perdido (John Milton, 1667)– en la que un “ingeniero” se sacrifica en un planeta desértico, convirtiendo su cuerpo en fertilizante, para dar vida a la humanidad. No somos producto del Dios cristiano en el que muchos han depositado su fe –nos dicen Scott y guionistas–, sino de una civilización avanzadísima que siembra de vida los planetas que encuentra a su paso. Scott recoge así el creacionismo extraterrestre postulado por Erich von Däniken en un film que significa, en sus ideas de fondo, lo mismo que Avatar (James Cameron, 2009) en su diseño alienígena: un flirteo con el astrológico movimiento “New Age”.
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Tampoco está mal la fauna depredadora que presenta el film, más Phillips Lovecraft que Ruedi Giger, más cercana a las descripciones tentaculares del primer artista que al depredador biomecánico con lengua mordiente del segundo. Ni el vestuario de los astronautas, cuyo referente más claro son las confecciones de cuero que lucían Barry Sullivan y Norma Bengell en Terror en el espacio (Mario Bava, 1965). Y es que lo nuevo de Scott, en el fondo, no deja de ser un guión de serie B, maqueado con escenarios que quitan el aliento, un Fassbender prodigioso y referencias culturales generosas que, no obstante, se quedan en apuntes independientes, en un intento fallido de dar profundidad al conjunto.

Los tráilers nos vendieron la moto de mala manera… Prometheus es un “blockbuster” de verano la mar de genuino, sí, pero también un hálito nostálgico del Scott intachable que fue hace décadas y nunca más ha vuelto a ser.

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