Señales del futuro (2009)

argumento

Estamos en 1959 y durante la inauguración de un nuevo colegio de primaria un grupo de alumnos dibujan cómo creen que será el futuro. Sus dibujos van a guardarse en una cápsula del tiempo que será sellada durante 50 años antes de volver a abrirse. Los niños dibujan alegremente, pero una misteriosa niña llena su hoja de hileras de números aparentemente inconexos, que según ella le susurran personas que nadie más puede ver.

Medio siglo después, una nueva generación de alumnos examina el contenido de la cápsula y aquel críptico mensaje acaba en manos de otro niño, Caleb Koestler (Chandler Canterbury). El padre de Caleb, el profesor de astrofísica John Koestler (Nicolas Cage), llega a una extraordinaria conclusión al ver aquellos números: el mensaje cifrado predice las fechas y el número de muertes de todos los desastres que han sucedido en los últimos cincuenta años con una exactitud escalofriante. Según va desenmarañando los secretos que guarda el documento, John descubre que las fechas hacen referencia a otras tres catástrofes que pueden llegar a tener consecuencias devastadoras para toda la humanidad dado que la última parece indicar el fin del mundo.

Los esfuerzos de John por alertar a las autoridades sobre las inminentes catástrofes caen en saco roto y sus miedos se intensifican al darse cuenta de que su hijo Caleb está directamente relacionado con los misterios números. Con la ayuda de Diana Wayland (Rose Byrne) y Abby Wayland (Lara Robinson), hija y nieta de la alumna que escribió aquél profético mensaje, John se embarca en una emocionante aventura para prevenir el mayor desastre que ha conocido la historia de la humanidad.

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critica

Las películas con personajes que tienen poderes o sentidos especiales para prever tragedias o catástrofes de gran alcance (accidentes, atentados, maremotos, etc.) se asoman a la cartelera con cierta frecuencia, y no son pocos los directores de cine fantástico que se han sentido interesados por ellos: de Peter Weir y “La última ola” a M. Night Shyamalan y su “El Protegido”, de Chris Marker y “La Jeteé” a Terry Gilliam y el remake de la anterior, “12 monos”, “Mothman”, de Mark Pellington, etc. Ahora es Alex Proyas, el director de “El Cuervo”, “Yo, Robot”, o la bastante más curiosa y interesante “Dark City”, el encargado de llevar a la pantalla una nueva propuesta de este tipo y con Nicolas Cage de protagonista, interpretando a un profesor de astronomía, John Koestler, que descubrirá que en una hoja plagada de números escritos a mano, aparentemente sin sentido, se esconden fechas de accidentes de gran magnitud que han tenido lugar, o que acaecerán en breve: todo el peso del mundo sobre los hombros de un solo ser humano.

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Durante la primera hora de metraje tanto el actor como el guión de la película hacen gala de una cierta sobriedad dramática y narrativa, destacable únicamente en relación al penoso contexto de cine comercial que inunda la salas cada semana, que como mínimo mantiene al espectador aceptablemente entretenido, pero lamentablemente, tanto el registro interpretativo del actor como el posterior y endeble desarrollo argumental dinamitan a conciencia los correctos logros anteriores al entrar en la segunda hora de metraje en una acumulación de gestualidad actoral mal enfocada y giros narrativos sorpresa bastante resbaladizos.

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El punto de partida resulta interesante: varias décadas atrás, una profesora insta a sus pequeños alumnos a plasmar mediante dibujos posibles logros futuros de la humanidad. Una niña algo extraña escribe compulsivamente números en un papel. La profesora introduce todos los dibujos en un artefacto que ella llama “cápsula del tiempo”. Cincuenta años más tarde, es decir, en el presente, en una clase actual con niños de una edad similar a los anteriores, se procede a abrir esa “cápsula del tiempo” y cada alumno recibe uno de los dibujos. El hijo autista de John Koestler coge precisamente el papel repleto de cifras, y al poco su padre empieza a descifrar lo que parece una especie de patrón oculto en la sopa de números: las cifras parecen coincidir con las fechas de grandes catástrofes de la humanidad, una de ellas el derrumbe de las Torres Gemelas, el 11 de Septiembre de 2001. Catástrofes pasadas…y quizá futuras, parece pensar Koestler.
La idea no es excesivamente original pero, sin duda alguna, filmada con sentido atmosférico y del suspense, podía resultar bastante respetable. El cine de M. Night Shyamalan viene a la mente fácilmente, y no resulta difícil predecir que en manos del director de origen hindú este material hubiera dado más de sí.

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Decíamos al principio que la primera hora de película resulta correcta, sin más, y a ello contribuye tanto la labor de Nicolas Cage, bastante más sobrio y acertado que en la mayor parte de películas recientes en las que ha trabajado, como la también sobria y bastante funcional planificación de Alex Proyas (es curioso comprobar como el director recurre secuencia tras secuencia a los encuadres más generales para situar al espectador en un contexto espacial, y dentro de una misma secuencia como emplea esos planos en más de una ocasión: parece utilizarlos como “planos maestros” sobre los que “edificar” el resto de la planificación, que con excesiva frecuencia se reduce a planos-contraplanos, y en este sentido hay que reconocer que los resultados artísticos resultan un tanto ambivalentes: la solvencia narrativa de la película se ve contrarrestada por la falta de un mayor riesgo creativo.

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Cierto, el diseño de los espacios por los que se mueven lo personajes, las calles, los edificios, tienden a las tonalidades negras, grises, marrones; es decir, a la falta de colores vivos. La fotografía refuerza este sentido de las imágenes de Proyas, restando vivacidad a la piel de los personajes de la película, dejando con frecuencia la mitad de los rostros de los mismos en sombra. Una secuencia como la del accidente de un avión al lado de una autopista utiliza el color del uniforme del cuerpo de bomberos (un naranja muy vivo) para provocar un mayor dramatismo al romper con esa monótona atmósfera visual. Pero lo mencionado hace honor al nivel profesional del equipo técnico que rodea a Proyas, antes que a la capacidad del director para ofrecer imágenes memorables: puede que ya existiera en el guión, pero la caracterización visual de los extraños personajes que siguen al protagonista y a su hijo remite antes al imaginario de “El Cuervo” y “Dark City” que al universo de la propia película, y la aparición de estos seres está menos que cogida con pinzas, resulta forzada y estéril, una pirueta narrativa que provoca giros inesperados en una trama que finaliza de una manera, digámoslo ya, demencial.

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La entrada en la película de Diana Wayland (Rose Byrne), la hija de la niña que 50 años atrás escribió el dichoso papel, se convierte en un verdadero lastre para la película, y algunas de las secuencias peor resueltas dramáticamente tienen relación con el personaje; Ej.: el ataque de histeria de Diana en el interior de un coche, cuando huye junto a su hija y el hijo de John, que, a fuerza de buscar la tensión y el nerviosismo de forma forzada y artificial, puede llegar a generar una sonrisa maliciosa en el espectador.
Por lo demás, la película cuenta con unos ajustados efectos especiales, aunque a fuerza de ser demasiado explícitos a la hora de plasmar los accidentes o catástrofes y sus consecuencias restan poder de sugerencia a la propuesta, algo que esta mucho más cuidado en las películas de maestros como Jacques Tourneur o Peter Weir, y también en los films de M. Night Shyamalan, que siempre se esfuerzan en generar tensión en el espectador apoyándose en planos creativos y expresivos en sustitución de los habitualmente funcionales y explícitos.

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trailer

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