Cuando comienza The Killing of a Sacred Deer, sabes que estas ante algo especial,  incluso diría que trascendental. Sus primeros y bellos planos, el inquietante sonido al principio carente de ningún atisbo de armonía, una relación entre el personaje de Colin Farrell y Barry Keoghan que no acabamos de entender ni moral ni socialmente en esos primeros minutos.

Es en esos primeros instantes en los que la cinta desconcierta al espectador, presentándonos a una familia que se limita a vivir en un bucle de sopor extremo, intentando aparentar una normalidad totalmente artificiosa que queda en evidencia en escenas como la de la pareja teniendo sexo de una forma muy particular, o la forma en la que tienen estructuradas las tareas de cada uno de sus dos hijos. Esta apariencia se rompe al descubrir esta relación del protagonista, aparentemente paterno filial, con un adolescente con el que queda de forma regular, al cual hace regalos e incluso invita a cenar en su casa con su familia.

Y aquí es donde empieza una espiral de locura y caos, donde se plantea un dilema moral en el que los protagonistas deben elegir entre dos opciones, ningunas de las cuales será satisfactoria y que conllevará perdida en cualquier caso. Este dilema se transmite al espectador en forma de un segmento final de tensión y, de nuevo, desconcierto.

Y es que el cine, como cualquier forma de arte, debe transmitir sentimientos al publico a través de las herramientas que posee. En el caso del The Killing of a Sacred Deer, estas son, como decíamos, su dirección de fotografía impecable, con planos que recuerdan a 2001 Odisea en el espacio (1968), digna del mejor John Alcott en su etapa de colaboración con Stanley Kubrik (iros acostumbrando a las referencias al maestro), esta al cargo de Thimios Bakatakis; y su extraña pero contundente banda sonora, al mas puro estilo de los mejores trabajos de Wendy Carlos y Rachel Elkind, con un sonido muy similar al escuchado en cintas como El Resplandor (1980) o La Naranja Mecánica (1971), sonidos estridentes y tonos estáticos de sintetizador diseñados para incomodar al espectador ante lo que se está mostrando en pantalla.

Por otro lado, es una garantía absoluta tener en su plantel de actores a Collin Farrell o Nicole Kidman, que con su presencia ya te visten cualquier producción, sobretodo cuando están especialmente inspirados como aquí, aunque el peso argumental lo fagocita Barry Keoghan, que hace un trabajo actoral de los que se recuerdan durante años.

En definitiva, The Killing of a Sacred Deer es una película provocadora y valiente, con una belleza a nivel estético muy particular que recuerda al mejor Kubrik, y que convalida a su director, el griego Yorgos Lanthimos, como realizador a tener muy en cuenta en los próximos años.