Take Shelter (2011)

argumento

Un buen día, un treintañero de clase media llamado Curtis, el cual está casado con Samantha y tiene una hija sordomuda llamada Hannah, empieza a experimentar una serie de visiones de carácter apocalíptico, en las que de forma recurrente ve peligrar su propia seguridad o la de su familia. Seriamente preocupado por el asunto, principalmente porque su propia madre Sarah comenzó a experimentar, a una edad similar a la suya propia, los primeros síntomas de un proceso de esquizofrenia paranoide que terminaron por impedir a esta llevar una vida normal, Curtis decide visitar a su médico habitual, quien le recomendará a un especialista en la materia. El coste de un implante coclear para su hija Hannah, y los altos honorarios del especialista psiquiátrico al cual debería visitar, pondrán a Curtis en una difícil situación económica, que se agravará considerablemente cuando este, dejándose arrastrar por sus continuas visiones, que le hacen temer que una catástrofe puede tener lugar de forma inminente, decide pedir a su banco habitual un préstamo de alto riesgo con la finalidad de costear la construcción de un refugio para tormentas que en caso de necesidad le permita poner a salvo a los suyos. Poco a poco, la unidad familiar será puesta a prueba, y Samantha, la esposa de Curtis, deberá decidir si, pase lo que pase, continúa confiando en su marido, o si por el contrario decide irse con su hija y abandonarle, presa del miedo ante la situación psicológica de Curtis, que empeora a cada momento, y cuyas consecuencias para todos resultan imprevisibles.

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critica

El prestigio crítico que se ha labrado Jeff Nichols con tan sólo dos películas, Shotgun Stories (2007) y la que aquí nos ocupa, se verá definitivamente consolidado, muy probablemente, cuando en pocos días se proyecte su nueva propuesta, Mud (2012), dentro del marco del inminente Festival de Cannes. Como es bien sabido, estos «prestigios cinematográficos de festival» no pocas veces demuestran carecer de auténtica consistencia a poco que uno tenga la oportunidad de comprobar, por si mismo y generalmente gracias al estreno comercial de una de estas películas con etiqueta, el verdadero alcance del cineasta en cuestión. En general, la crítica más «moderna» se mueve por impulsos y pasiones repentinos que se desinflan tristemente con el paso de los años (y a veces, de tan solo unos pocos meses). Si películas del llamado «cine clásico» como, por poner dos ejemplos algo al azar, La tormenta mortal (The Mortal Storm, 1940) de Frank Borzage, o Cómo le conocí (Margie, 1946) de Henry King, son demostraciones de sabiduría narrativa y de madurez cinematográfica, uno no alcanza a comprender como Take Shelter, obra bastante convencional en su conjunto, y muy poco destacada, en mi opinión, en aspectos tan fundamentales para un film como su planificación o su estructura dramática, pueden alcanzar valoraciones máximas en los cuadros críticos de las revistas de cine actuales, pues o mucho me equivoco o Nichols carece por completo, por lo menos de momento, de la talla artística de un Borzage o de un King , entre otros mucho posibles ejemplos.

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A tenor de sus dos largometrajes, uno puede deducir que Nichols es un director con conciencia de autor (condición indispensable para obtener el beneplácito de la crítica actual, no tanto del público), pues tanto en Shotgun Stories como en Take Shelter se nos ofrece una clara radiografía de la descomposición a la que parece abocada la clásica concepción de la unidad familiar americana y también ambos films evolucionan dramáticamente hacia lo que el espectador presiente como una tragedia inevitable. Lo paradójico del caso es que, mientras un novato Nichols consigue en Shotgun Stories un film que, aunque todavía poco destacable en aspectos como la más bien sencilla y convencional planificación o su acabado técnico global, resulta harto interesante por su hábil planteamiento dramático, que no evita el misterio y la sugerencia, por su ajustada duración de tan solo 80 minutos, por las sutiles interpretaciones del elenco de actores, y por ciertas ideas estrictamente cinematográficas (ej: algunas atractivas elipsis narrativas), el ahora más profesional y prestigioso realizador opta en su segundo film por una excesiva obviedad dramática, que impide que Take Shelter sea un film con cierto misterio, o por utilizar a su actor principal, el reputado Michael Shannon, de un forma más bien evidente y poco sutil, y dando rienda suelta al extraño físico del actor para que al espectador no le quepa duda de que alguien con ese aspecto tiene que estar necesariamente chiflado: algo que no ocurría en Shotgun Stories, film en el que la labor del actor resultaba especialmente estimable: está claro que a este actor se le ha encasillado malamente, como demuestra la participación del mismo, siempre en papeles de hombre trastornado, en películas como Bug (William Friedkin, 2006), Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008),  My Son, My Son, What Have Ye Done (Werner Herzog, 2009) o su papel en la serie de HBO Boardwalk Empire (2010-2011).

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Jeff Nichols no parece querer engañar en ningún momento al espectador con su relato, a tenor de la forma excesivamente directa que tiene en Take Shelter de entrar en materia dramática: ya en la primera secuencia del film el espectador asiste a una de las visiones de Curtis (Michael Shannon), en las que este contempla como del cielo cae una lluvia amarilla y aceitosa. El problema que tiene esta decisión, en mi opinión, es que deja gran parte del metraje posterior dando vueltas y más vueltas, casi sin dejar progresar verdaderamente al relato, en torno a un eje dramático muy marcado y prácticamente invariable. Mi experiencia como espectador, desde el  mencionado instante que muestra a Curtis siendo víctima de su locura -o tal vez experimentando una visión profética-, fue la de asistir a un film prefabricado y sin misterio, en el que poco importa lo que pueda ocurrir en las restantes dos horas de metraje, pues uno sabe con absoluta seguridad que, más tarde o más temprano, y casi de forma obligatoria, tendrá lugar en el film una secuencia en la que Curtis terminará explotando y actuando como un lunático delante de toda la comunidad, y será precisamente a partir de ese instante cuando el relato volverá a tomar un cierto impulso narrativo. El problema es que entre ambos momentos clave del relato transcurre una hora y media de metraje de interés más bien tibio, y en el que lo más destacable, debido principalmente a la excelente labor interpretativa de Jessica Chastain, se encontrará en las secuencias que muestran a Curtis interactuando con su mujer Samantha y con su hija, y especialmente en aquellas en las que veremos a la primera realizando esfuerzos por sobreponerse al extraño comportamiento de su marido y decidiendo in situ si continúa o no al lado de este.

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Dejando a un lado estos instantes del film, los más interesantes a nivel dramático, existen en el relato de Nichols no pocos elementos que no terminan de cuajar en ningún momento y que desestabilizan en no poco medida el conjunto del mismo, caso de la supuesta relación de amistad, y también laboral, que mantiene Curtis con Dewart (Shea Whigham), y cuya evolución tan importante resulta ser para precipitar los acontecimientos en el tercio final del film. En mi opinión, la relación entre ambos personajes no resulta especialmente verosímil en ningún momento: ni cuando Dewart confiesa a Curtis, en una noche de borrachera, que él y su mujer están planteándose organizar un trío sexual con una mujer con graves problemas de sobrepeso (en lo que quizá se pretende un apunte acerca de las relaciones emocionales y sexuales en la era de internet), ni mucho menos en la secuencia en la que Curtis es víctima de uno de sus constantes trastornos mientras se encuentra con Dewart en el trabajo (en esta ocasión el personaje cree escuchar truenos pese a que el cielo sobre él y su amigo permanece totalmente límpido), quien se limita a observar tontamente a su supuesto colega desde la cabina de la excavadora que maneja, y en ningún momento intenta auxiliarle. Lo curioso del caso es que esta, como digo, amistad entre Curtis y Dewart, es tomada mucho más en serio de lo que aparenta por el segundo, quien, cuando sea despedido de su trabajo, bastante más avanzado el relato, por haber ayudado a Curtis a construir el refugio para tormentas que tanto obsesiona a este, con maquinaria temporalmente hurtada a la empresa en la que ambos trabajan, lo primero que le echará en cara al mismo será precisamente el haberse comportado mal con un «amigo».

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Tampoco convence la forma excesivamente machacona que tiene Nichols de intercalar las secuencias más costumbristas con las demasiado abundantes secuencias en las que el protagonista es víctima de alguna de sus visiones. Evidentemente, la intención del realizador al proceder de esta manera es justificar dramáticamente que el universo cotidiano del personaje, cada vez más inseguro e inestable, se está viniendo abajo y por lo tanto está empujando a Curtis, aparentemente, a brotes cada vez más acusados de esquizofrenia paranoide. Si en las secuencias más realistas, por regla general, o bien se nos muestra a Curtis conviviendo con su mujer Samantha y con su hija sordomuda Hannah, o bien con su amigo Dewart, en las secuencias de corte onírico (a las que muy apropiadamente se llega sin transición alguna desde las anteriores, con la intención de mostrar como a Curtis, cada vez más, le cuesta diferenciar entre realidad y ficción) uno sufre un verdadero empacho de visiones apocalípticas: desde Curtis contemplando como del cielo cae una lluvia que, según el mismo definirá más tarde, parece «aceite fresco de motor», hasta el ataque al protagonista y a su hija de una bandada de pájaros negros que primero se lanzan en picado sobre ambos, para inmediatamente después comenzar a caer misteriosamente muertos sobre el duro asfalto, pasando por otros instantes que muestran a Curtis contemplando con asombro una espectacular, inquietante, y al mismo tiempo bella tormenta eléctrica, o bien sufriendo diferentes tipos de ataques mientras se encuentra solo o acompañado de su hija: el de su perro, el cual intentará arrancarle un brazo; el de un grupo de vándalos que le acosarán desde el exterior mientras el protagonista se encuentra dentro de su coche; el de unos extraños que golpearán las ventanas y puertas de su casa, etc.

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Todos estos instantes van encaminados a ilustrar, quizá con demasiada obviedad, y también quizás demasiado en línea recta en lo que a su trazado dramático se refiere, el temor creciente de Curtis a que su familia pueda ser víctima de un acontecimiento trágico e inesperado. En realidad, esta forma de relato entre realista y fantástico que gira en torno a la unidad familiar americana y su previsible desintegración, ha dado pie a no pocos films por todos conocidos, desde Los pájaros (The Birds, 1963) de Alfred Hitchcock, hasta El incidente (The Happening, 2008) de M. Night Shyamalan, pasando por La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005), de Steven Spielberg; aunque el film de Nichols acaso recuerde más a ciertos aspectos de la australiana La última ola (The Last Wave, 1977) de Peter Weir (los protagonistas de ambos films experimentan su universo onírico de forma exclusivamente subjetiva), o de la poco conocida, pero realmente interesante película del gran William Wellman, The Next Voice You Hear… (1950), en la que toda la población mundial empieza a escuchar a través de la radio, durante una semana y cada día a la misma hora, la que supuestamente dice ser la voz de Dios, argumento que tiene la finalidad de cuestionar, al igual que también lo hace el de Take Shelter, la inercia que lleva a cualquier ciudadano a dejar de lado, progresivamente y sin conciencia aparente por su parte, los gestos cotidianos de convivencia que hacen más humana y cálida la vida en cualquier comunidad.

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En el aspecto puramente formal del film, hay que destacar que Nichols opta en todo momento por una sobriedad narrativa que resulta apropiada para el relato y para el tono dramático realista que busca imprimir al mismo, pese a que quizás como consecuencia de esa decisión el film no logre resultar en casi ningún momento especialmente brillante en lo que a decisiones de planificación y montaje se refiere: Take Shelter es un film, que duda cabe, más cuidado estéticamente que Shotgun Stories, pero también desprovisto de la frescura narrativa y el puñado de buenas ideas visuales que caracterizaban a aquel pequeño film. El segundo film de Nichols también se muestra excesivamente calculado en los riesgos asumidos a nivel artístico por el realizador (más bien pocos en mi opinión), y que parecen tener la finalidad de gustar a un determinado perfil de espectador de festivales de cine o a un público propenso a exaltar por defecto las cualidades de cierto tipo de cine independiente en detrimento del cine más comercial. Me parecen más elocuentes y vivaces, visual y narrativamente, las obras de Spielberg y Shyamalan citadas líneas arriba, pese a quien pese, y aunque ninguna de ellas se encuentren, en mi opinión, entre las más destacables de sus respectivos autores, que esta segunda obra de Nichols, pese a que en el mercado de la crítica cinematográfica, como no, y aunque sea durante tan solo unas semanas (o todo lo más, algunos meses) vaya a cotizar con mucha más intensidad este último de lo que lo hicieron en su momento sus más experimentados compañeros de profesión con aquellas films.

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