El Imaginario del Dr. Parnassus

argumento

El Dr. Parnassus dirige un show itinerante que proporciona vivencias extraordinarias, felices o tétricas, a las personas que participan en él. Parnassus tiene una hija, Valentina, que está a punto de cumplir 16 años, terrible fecha en la que el diablo, Mr. Nick, la arrebatará de sus manos, debido a una antigua apuesta entre ambos que el primero perdió. Pero llegado el momento, Mr. Nick propone a Parnassus otra apuesta: el primero que seduzca a cinco almas se quedará con Valentina. Parnassus, con la ayuda de los colaboradores de su “Imaginario”, luchará para no perder a su hija y, llegado el momento, entregarla al que le ayude a ganar.

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critica

La nueva película de Terry Gilliam, cosa extraña últimamente, se ha estrenado en España con bastante prontitud respecto a su recorrido por festivales(el último de ellos, y muy reciente, el de Sitges 2009). La anterior, “Tideland”, rodada en 2005, se estrenó en España en junio de 2007, casi un año después de su pase, también, en el Festival de Cine Fantástico de Sitges 2006.

El director es completamente consciente de su frágil situación dentro de la industria cinematográfica, pero también lo es de que sus seguidores le son realmente fieles y nunca faltan a la cita con sus nuevas películas.

En realidad, el problema de Gilliam no tiene que ver únicamente con el funcionamiento actual de la maquinaria del cine, en cuyo seno no parecen encontrar acomodo sus obras, sino, en general, con la sociedad en la que le ha tocado vivir, y en particular con el desprecio que esta sociedad muestra hacia el tipo de fantasía que defienden artistas como él.

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Este conflicto Gilliam-Sociedad queda contundentemente plasmado en la primera secuencia de “El imaginario del Dr. Parnassus”, en la que el Dr. Parnassus (Christopher Plummer) y su reducida prole artística, Valentina (Lily Cole), Anton (Andrew Garfield) y Percy (Verne Troyer), escenifican un número en el que la magia y la imaginación desempeñan un papel fundamental y, en consonancia, es requerida cierta inocencia por parte de sus potenciales espectadores. Un follonero alcoholizado, acompañado por su grupo de amigotes, interrumpirá el espectáculo para mofarse de la peculiaridad de cada uno de los integrantes del número y humillarlos. Pero Valentina reaccionará a tiempo y hará traspasar al tipo un hipotético espejo mágico, recreado con papel de aluminio (sic), que lo engullirá, literalmente, en un mundo fantástico. La secuencia escenifica la deseada venganza, por parte de Terry Gilliam (la fantasía), contra el mundo de lo real (lo vulgar y mediocre).

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Un buen y personal inicio para un film imaginativo, sarcástico, barroco, excesivamente prolijo en ideas y en metraje (Gilliam es uno de esos directores que parecen esforzarse en introducir todo lo que pueden en un solo film, conscientes de que el próximo quizá no llegue nunca, y razones para pensarlo, al director norteamericano, no le han faltado a lo largo de su carrera), y que además se erige en un nada disimulado vehículo para expiar los demonios personales (políticos, sociales, filosóficos) de un creador que intenta vivir lo más al margen de la sociedad que puede, y que siente una auténtica atracción por los vagabundos (“El rey pescador”, “12 monos”), los jóvenes anti-sistema (“12 monos”, “Miedo y asco en las Vegas”), o los héroes trágicos condenados a fracasar en sus útopicas cruzadas  (“Brazil”, “12 monos”).

He hablado de la primera secuencia de la película, pero ya el primer plano de la misma resulta harto revelador: un par de vagabundos durmiendo la mona sobre unos escalones de piedra situados muy cerca del espectáculo callejero del Dr. Parnassus.

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Otro y descacharrante momento de la película, en relación a la filosofía personal del realizador, es un número musical satírico protagonizado por unos policías, vestidos de cintura para arriba con su traje reglamentario, y de cintura para abajo con la indumentaria típica de las chicas de un cabaret, que cantan las grandes posibilidades de ejercer la violencia sin buscarse problemas que ofrece…el cuerpo de polícia: si te gusta agredir, en el cuerpo de policía podrás arrear golpes a diestro y siniestro. No es esta la única puya lanzada por Gilliam contra los agentes de la ley: en otro momento, un representante de la misma llama monstruos a los integrantes del espectáculo del Dr. Parnassus, y el enano Percy le propina una patada; acto seguido, intentando resarcirse hipócritamente de sus insultos, el agente acaba perdiendo los estribos y catalogando a Percy de “verticalmente subdesarrollado”.

Lo más interesante de la propuesta de Gilliam es que su gusto por las imágenes alucinadas y delirantes no resulta gratuito, ya que el director integra su “imaginario” de tal modo en la narración que este se erige en la apropiada herramienta para proyectar los deseos, sueños o pesadillas de los personajes que pueblan el film; es decir, responde a la necesidad de expresar visualmente el drama interior de cada uno de ellos.

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La integración del desaforado aparato visual en un discurso narrativo coherente queda puesta de manifiesto en secuencias como la que muestra a Mr. Nick (Tom Waits) enmudeciendo con un sortilegio las bocas de unos monjes que entonan una letanía, que no deben interrumpir por que la continuidad de la vida sería puesta en peligro, para acto seguido constatar que, pese al abrupto final de la oración, la vida sigue, y soltar una frase, no sin cierto regocijo, instando a los hombre a vivir la vida; o aquella otra secuencia, protagonizada por una engalanada mujer que, al traspasar el espejo del Dr. Parnassus, hará realidad sus sueños más íntimos, consistentes en contemplar un colosal lugar, con un estilo a lo Luois Vuitton, repleto de gigantescos zapatos chic, no menos enormes frascos del más caro y artificial perfume y, por supuesto, un galán de ensueño (Johnny Depp).

“El imaginario del Dr. Parnassus” hace gala, en algunos momentos, de algunas interesantes soluciones visuales; ej.: El giro de 180º que efectúa la cámara, cuando Tony (Colin Farrell) pasea en barca con Valentina, recorriendo el espacio que va de la imagen “real” y diurna que encuadra Gilliam, al interior de la que esa misma estampa refleja en las aguas. Cuando la cámara emerge “al otro lado del espejo”, ya es de noche. Pero, en todo caso, las películas de Gilliam se han caracterizado excesivamente por ser más atractivas por lo que el director filma (decorados, objetos, personajes, vestuario, situaciones) que por el cómo lo filma (su planificación y montaje es, con frecuencia, menos arriesgado que el contenido argumental), y su última película no es una excepcióna esa tendencia.

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Otro problema del cine de Gilliam reside en que el atiborramiento de detalles, imágenes, ocurrencias, objetos, situaciones, etc, prácticamente se pisan los unos a los otros, yimpiden hablar, debido a la dispersión narrativa que generan, de películas más cohesionadas, y también, por que no, oxigenadas.

Con todo ello, “El imaginario del Dr. Parnassus” me ha parecido más interesante que las dos propuestas anteriores del director, “El secreto de los hermanos Grimm, 2005” y “Tideland, 2005”, ambas con defectos similares al film que nos ocupa, pero quizá menos dinámicos narrativamente (“Tideland”) y con una imaginación igual de apabullante visualmente pero más convencional conceptualmente de lo que es habitual en Gilliam (“El secreto de los hermanos Grimm”).

Su último film se acerca un poco más que las anteriores a los logros de las mejores obras del realizador, “Brazil, 1985” y “Las aventuras del Barón Munchausen, 1988”, gracias, probablemente, a la recuperación del co-guionista de aquellas, Charles McKeown.

trailer

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