The Raid (2012)

Con un planteamiento que recuerda plenamente al de La horda (sustituyendo a los zombies protagonistas inevitables de ésta por personas armadas), Gareth Evans dirige y escribe una de las cintas más espectaculares de la pasada edición del Sitges Film Festival, una espiral de violencia que argumentalmente no resulta especialmente atrayente (tal vez por la recurrencia al mismo) pero visualmente convierte la propuesta en una experiencia extremista como pocas al mezclar la espectacularidad asiática (procedencia del metraje) con los recursos estadounidenses (a cargo del director); siendo sus puntos fuertes la inmaculada puesta en escena y la brutalidad de sus secuencias, el filme logra transmitir de brillante manera el sentimiento de dolor que los innumerables personajes secundarios (en gran medida, aunque también algún que otro protagonista) que van apareciendo en escena padecen, sensaciones que prácticamente se viven en primera persona gracias a una cámara posicionada estratégicamente, recogiendo los cientos de proyectiles que las decenas de armas disparan y las contundentes (y abundantes) escenas centran las armas blancas como principal utensilio protector y agresor de la lucha.

Un equipo de fuerzas de élite se introduce en un bloque de pisos de Jakarta (muy similar al que vimos en la ya mencionada La horda), en el que los criminales más peligrosos del país se refugian; el soldado Rama (la estrella del cine asiático Iko Uwais, que actualmente es una de las más flamantes figuras del género de los últimos años y vuelve a demostrar el por qué, demostrando que la excesiva popularidad no siempre conlleva el desastre) vivirá el fracaso de la misión quedando atrapado, junto a otros compañeros suyos, en evidente inferioridad de condiciones en un edificio que bien podría convertirse en sus tumbas, hecho al que contribuye la certeza de no poder abandonar el lugar al estar completamente bloqueado y vigilado de arriba abajo (un cableado de televisión de encarga de capturar todos sus movimientos, por lo que la sorpresa no puede acontecer).

Mientras el equipo de policías va sucumbiendo bajo el fuego enemigo, Rama intentará llegar a la azotea para poder enfrentarse a los enemigos con cierta racionalidad, al mismo tiempo que culminar con éxito (salvando el hecho de las numerosas bajas acontecidas) el objetivo inicial de la misión, consistente en terminar con la vida del mayor dirigente del lugar, Tama (Ray Sahetapy, soberbio en su papel); mientras éste utiliza a todos los vecinos (sicarios suyos) a modo ataque y protección, Rama deberá sobrevivir escondiendo en un lugar seguro a su malherido superior Jaka (Joe Taslim, algo exagerado pero convincente) y uniendo fuerzas con su reencontrado hermano Andi (Donny Alamsyah, genial a la par que mortal), un antiguo miembro del cuerpo infiltrado desde hace seis años en la organización criminal fruto de la intervención, al descubrir que toda la misión ha sido ideada por el teniente Wahyu (Pierre Gruno, sobrante tanto en la trama como interpretativamente) en busca de venganza personal.

The Raid deja al espectador con la sensación de haber presenciado una de la obras más duras y violentas que el séptimo arte a brindado en su historia, y es que el dolor físico está tan (y en tantas ocasiones) recogido en la pantalla que resulta imposible no congeniar con él y recibir parte del mismo mediante su visión; no se trata de una cinta que aporte demasiado contenido a nivel emocional y/o intelectual, pero el despliegue de la inventiva visual y el diseño de las secuencias de acción (con una fisicidad plenamente contundente) son una verdadera gozada, mecanismos de los que se vale el atrevido director para elaborar un metraje que mantiene la adrenalina a altos niveles durante toda su duración, un ejercicio de violencia puramente física que agradecerá la inmensa mayoría del público y provocará más de un dolor de cabeza incluso al espectador más experimentado.

Sin más dilación procederé a la clara conclusión que se extrae del visionado de la película, que no es otra que la culminación de una vorágine de sangre (parcialmente lógica merced a la obligada supervivencia a la que se ven obligados a recurrir los protagonistas) totalmente brutal que compagina tiroteos con duelos viscerales, momentos de tensión con otros de acción y, en definitiva, una puesta en escena espléndida con unos efectos especiales de infarto que hacen de The Raid una cinta indispensable para cualquier amante del cine, una de esas producciones que calan bien hondo de manera irremediable (y lo afirma alguien que no es precisamente partidario de este tipo de propuestas, pero ante el perfeccionismo no cabe otra posición que la congratulación y la magnificación de adjetivos positivos) y justifican que la industria del cine sigue estando muy presente en la sociedad.

 

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