argumento

Betsy Connell, una enfermera canadiense, acepta un trabajo bien remunerado en San Sebastián, un lugar situado en las Antillas. Su misión consistirá en cuidar de Jessica, la mujer de Paul Holland, el propietario de una plantación de azúcar que tiene constantes enfrentamientos con su hermanastro Wesley Rand. Betsy se enamorará de Paul y intentará hallar la forma de sanar a Jessica.

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critica

Cuando Betsy se presenta a una entrevista de trabajo en la que se busca a una enfermera que esté dispuesta a irse a vivir a San Sebastián, una localidad de las Indias Orientales, el entrevistador la seduce con agradables y soñadoras palabras: “sentarse bajo una palmera, ir a nadar, tomar el sol…”. Tourneur crea una oposición entre las palabras del hombre (diálogo) y la nieve (imagen) que cae tras las ventanas dónde tiene lugar el encuentro, lo que hace comprensible para el espectador, de forma narrativamente muy sintética, lo apetitosa que resulta la oferta para la protagonista. Reforzando las aspiraciones personales de Betsy, Tourneur filma con un primer plano a la chica, que tiene una mirada soñadora, y la iluminación del momento contribuye a trasladar ese efecto ensoñador al espectador.

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Pero las atractivas promesas que, según el entrevistador, ofrece el lugar, no parecen ser percibidas de la misma forma por el propio Paul Holland, dueño una plantación y marido de Jessica, la mujer a la que tiene que cuidar Betsy, que en el viaje en barco hacia San Sebastián le dice a la enfermera, que está completamente embelesada con el paisaje nocturno y estrellado que tiene ante sus ojos:

“No es precioso. Todo les parece precioso porque lo desconocen. Esos peces no saltan de alegría, sino de terror. Peces más grandes quieren comérselos. Esa agua luminosa resplandece gracias a millones de cuerpos muertos. Son destellos de putrescencia. Aquí no hay belleza, solo muerte y descomposición. Aquí muere todo lo bueno, hasta las estrellas.”

Tourneur, extraordinario creador de atmósferas, dota de una carga irreal al trayecto en barco, que, aunque apoyado visualmente en una excelente fotografía, en realidad logra su intensidad, en primer lugar gracias a los diálogos puestos en boca de Paul Holland, capaces por si solos de evocar sensaciones e imágenes en la mente del espectador; y en segundo lugar, a esa especie de letanía que cantan los isleños que viajan en el barco, y que debido a su carácter exótico, y ritmo lento y repetitivo, generan un estado entre la tristeza y la pesadumbre, acorde con las palabras que más adelante le dirá Alma, una de las sirvientas de los Holland, a Betsy: los isleños se alegran cuando muere alguien, y entristecen cuando hay un nacimiento.

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Los diálogos y el uso de la música diegética son dos poderosas herramientas en manos de Tourneur, y al margen de lo más evidente del trabajo del realizador (su talento componiendo imágenes que en un mismo encuadre se debaten entre lo real y lo irreal, el uso de los movimientos de cámara, la dirección de actores, etc.) ambos aspectos son empleados en la película con verdadera inteligencia.

En un momento del film, Alma despierta a Betsy tocándole un dedo de uno de los pies, a lo que añade: “No quería asustarla, por eso la he tocado lo más lejos posible de su corazón”.

Palabras que definen un universo distinto al convencional, o dicho con mas propiedad, unos hábitos y costumbres que son normales en ese lugar, pero no de dónde viene Betsy o el resto de gente blanca. Aspecto, el de las tradiciones foráneas, que Tourneur trabajó en muchos de sus films, tanto en los de temática fantástica, como en el western o el cine de aventuras: el conflicto y/o la interacción entre culturas muy diferentes.

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El fragmento más antológico del film corresponde al viaje al Houmfort (casa del Vudú) por parte de Betsy, llevando consigo a Jessica, con el fin de lograr una cura a la enfermedad de esta última. Tourneur filma la secuencia situando al espectador al mismo nivel que los personajes, ignorando ambos lo que les espera, y descubriendo las cosas al mismo tiempo, en un trayecto que tiene tanto de aventura como de horror. Se tiene la sensación de asistir a algo nuevo, excitante, y al mismo tiempo la percepción de que la muerte acecha en cualquier rincón de ese lugar: movimientos de cámara que acompañan el recorrido de las dos mujeres entre las cañas de azúcar; ausencia casi absoluta de sonido, sólo rota por breves insinuaciones sonoras y extraños ruidos; una música lejana que poco a poco va aumentando su intensidad revelando un carácter obsesivo de puro éxtasis ritual; primeros planos de objetos y símbolos extraños y inquietantes; un cruce de caminos vigilado por un misterioso personaje llamado Carrefour (palabra que significa encrucijada en francés, con lo que espacio y personaje prácticamente se funden en uno solo, siendo el espacio físico que cruzan las mujeres una frontera entre el mundo convencional y seguro (la Vida), y otro, mucho más misterioso y (aparentemente) gobernado por fuerzas abstractas (la Muerte).

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Este film, junto a “La Mujer Pantera” (Cat People, 1942), “El Hombre Leopardo” (The Leopard Man, 1943), y “La Noche del Demonio” (Night of the Demon, 1957) completa el cuarteto de obras maestra de Tourneur dentro del cine fantástico. Aparte quedarían la, en mi opinión, muy notable comedia de terror “La Comedia de los Terrores” (The Comedy of Terrors, 1964), y la muy frágil y penosa “La Ciudad Sumergida” (The City Under the Sea, 1965), que lo tenía todo para ser una película muy interesante y se quedó en prácticamente la peor película de toda la carrera de su director.

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