Breve Introducción al Cine de terror

 

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Guillermo Martinez

El cine de terror es un género cinematográfico que se caracteriza por su voluntad de provocar en el espectador sensaciones de pavor, miedo, disgusto, repugnancia u horror. Sus argumentos frecuentemente desarrollan la súbita intrusión en un ámbito de normalidad de alguna fuerza, evento o personaje de naturaleza maligna, a menudo de origen criminal o sobrenatural.

El cine de terror bebe de las fuentes de la literatura y las supersticiones y leyendas tradicionales, así como de temores y pesadillas nacidos de contextos socioculturales mucho más actuales y precisos. Por una parte, de la novela de terror, nacida en la segunda mitad del siglo XVIII; por otra, de la tradición oral del cuento de miedo, ampliamente desarrollada en las sociedades rurales de todas las culturas. De aquí, en último término, surgirán los elementos y personajes básicos utilizados en las películas de este género: los vampiros, el hombre lobo, los monstruos, fantasmas, brujas, zombis, así como las desdichadas réplicas humanas, al estilo de Frankenstein.

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Otras señas de identidad del género son un uso muy particular de la iluminación, que muchas veces tiende a inspirarse en la pintura romántica alemana del siglo XIX, la cual se caracteriza por el recurso frecuente al claroscuro, a los contrastes de colores y los tonos penumbrosos, efectos muy apreciables en el cine expresionista de los primeros años (Murnau, Fritz Lang). Los espacios o escenarios más visitados serán la noche, cementerios, la casa abandonada, el castillo, las ruinas, el laboratorio lúgubre, el bosque o el erial sombrío, el jardín decadente, que han terminado conformando un catálogo de “lugares” comunes. Asimismo, nunca debe faltar una banda sonora densa y sugerente (El resplandor, Psicosis, Tiburón…), junto a unos escalofriantes efectos de sonido (El exorcista, Alien, Drácula de Bram Stoker de Coppola…), efectos que en los últimos tiempos rayan más bien en lo ensordecedor (Soy leyenda, de 2007).

El público se siente atraído hacia este tipo de películas precisamente por los estímulos emocionales novedosos e intensos que recibe, es decir, lo insólito-escabroso inscrito momentáneamente en la rutina diaria. Los efectos fisiológicos que experimenta el espectador horrorizado en su butaca incluyen fuertes subidas de adrenalina, con dilatación de pupilas, aceleramiento cardíaco y respiratorio, y sudor frío, todo lo cual por lo común se cierra con un desahogo final, en el cual, de acuerdo con el remate que haya tenido la historia, reinará el consuelo o el desconsuelo.

El motor sensacionalista en estas películas es, en muchos casos, la exhibición de la crueldad, humana, bestial o sobrenatural, como representación del Mal, en cualquiera de sus muchas variantes, y esto explica que la gran competencia comercial en esta industria haya generado una escalada indiscriminada de contenidos truculentos en el género a lo largo de los últimos años.

Aparte del Mal y muy ligado a él, lo oculto o misterioso, como es lógico, define también al cine de terror como género, y lo hace tanto en el plano arquetípico como en su desarrollo escenográfico. Lo oculto sugerido sirve tanto para referirse a la temática del cine de terror (lo oculto del inconsciente criminal, lo oculto de los monstruos siempre escondidos en las entrañas de la sociedad, lo oculto de nuestras tendencias y deseos más inconfesables…), como a su caracterización y puesta en escena, a veces tendente, como en el suspense, a escatimar información al atribulado personaje, información ya conocida por el público, que, impotente en su butaca, espera angustiado acontecimientos. Otras veces se procede a la ocultación y sugerencia a través de la exacerbación engañosa del decorado, de la manipulación de la fotografía, del maquillaje, etc., o por medio de la más pura y simple privación de los elementos implicados, como en la técnica del fuera de campo (la escena terrorífica transcurre fuera del objetivo de la cámara, la cual se centra en sus aledaños; el espectador únicamente “la escucha” o imagina); la interposición del personaje entre la cámara y el elemento terrorífico, etc.

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Vamos a adentrarnos al auge del cine de terror norteamericano.

Creo que existe una división dentro del cine de terror, a grandes rasgos. Puedo afirmar (casi con certeza), de que el cine clásico de terror se compone de diversos estereotipos tales como: los vampiros y los hombres lobo.

Ahora bien, nos resulta algo infantil y hasta gracioso imaginarnos a aquel famoso hombre lobo cuasi-peluche, o el tan famoso Nosferatu que tanto se reivindicó en cuanto a poder generar un ambiente o atmósfera, y no una producción afamada por sus efectos especiales o sus épicos o grandilocuentes guiones.
Luego llegaría lo que es hoy en día, el terror moderno. A partir de Psicosis, de Alfred Hitchcock, nacerían los grandes clásicos que hicieron las delicias de los amantes de éste género en sus posteriores décadas, tales como la del 80 y la del 90 (a mi parecer, las mejores y más fructíferas).
Apartándonos de esto, a modo de contar mi propia experiencia, yo crecí en la década del 90. Allí, grandes títulos hacían que mis ojos brillaran a la hora de elegir mi film en el videoclub, aquel que con sus VHS decoraba sus paredes y hacía que un domingo se convirtiera en un día mágico.
Crecí en base a películas ochenteras, y mi infancia está marcada por ese cine.

Psicosis revoluciona el cine moderno, dejando atrás a la burla de los vampiros y los hombres lobo, y dando a conocer lo que sería el padre del cine de terror moderno: nuestro querido Alfred. No solo films como Psicosis marcaron este “cierre” del cine clásico, ya que éste director tienen tantos films brillantes que no alcanzaría distribuirlos o analizarlos en éste escrito.

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Lo más interesante, misterioso y provocativo, es que a partir del padre del cine moderno, llegarían al mundo quienes revolucionaron el cine de terror, sin detenerme en mencionar a su precursor y genio-creador: GEORGE A. ROMERO.

 

 

 

 

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