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ESTRENOS DE CINE... EL TERROR QUE NOS LLEGA!





El Fin de una Esperanza , por Zupeavi

Medianoche. Fuera está lloviendo y un relámpago fulgurante cruza y parte el cielo en dos. Dentro, un enorme reloj de cuco colgaba de la pared, espectante por lo que allí pasaba, dando la impresion de preveer los acontecimientos.

El tiempo en ese mismo instante pareció detenerse. Solo se escuchaba el leve sonido del péndulo del reloj, balanceándose de un lado hacia el otro, como si de la cola de un gato se tratara, la cual no cesa de moverse. El empapelado verdoso de las paredes, rollo Matrix, oscurecía levemente la habitación, dándole un tono más lúgubre y sombrío para que no desentonaran con la escalofriante situación. Solo la luz ténue de una pequeña lámpara destartalada y abandonada en una mesita propiciaba el único punto de claridad, reflejándose su destello en uno de los cuchillos, el cual relucía en la mano de Federico.

Era practiamente el final, ya no había nada que hacer; no había vuelta atrás. El pequeño Manolín miraba a su madre con lástima, con los ojos inyectados en lágrimas, mientras esta permanecía inmóvil tras su asombroso e incompresible final. Todo parecía transcurrir a cámara lenta, mientras se oía el fuerte y agitado sonido del corazón de los presentes, acompañando al nímio y sincopado "tic-tac" del reloj.

Una mosca ocupada en las gilipolleces propias de sus especie era la única ajena a la trajedia que acontecía entre esas cuatro paredes, mientras Virginia, tras el enorme "¡Clonc!" se encontraba rodeada de un enorme charco rojo, el cual empapaba lentamente la alfombra, acompañada también de algunos pequeños trozos de carne, dándole a la situación un tono más desagradable. Ella se precipitaba lentamente, con mirada lastimera, hacia el suelo, sin comprender el por qué de lo ocurrido, mientras su hijo corría hacia ella para socorrerla, sin importarle mancharse su camiseta favorita de Klonws Asesinos, la cual ganó hace un par de días en un concurso.

Tras esta tensa situación, Federico se levantó, y con parsimonia y sangre fría, se dirigió hacia la cocina. Impasible, y sin mostrar ni dejar aflorar ni lo más mínimo sus sentimientos, soltó el cuchillo sobre la encimera y volvió hacia el salón donde yacían su mujer y su hijo en el suelo, al rededor de esa enorme mancha granate. Llevando una fregona en su mano, limpió la enorme y espesa mancha de color rojo intenso y recogió poco a poco los trozos de carne, con una tranqulidad que helaba la sangre en las venas.

Una vez terminó, él y su hijo se sentaron nuevamente a la mesa, mientras Virginia, tras incorporarse y recuperarse del susto, se adentraba de nuevo en la cocina con la intención de preparar una tortilla u otra cosa para cenar. Esta noche, las albóndigas con tomate irían a parar a la basura, pero aún así, Virginia aprendió una valiosa lección: la próxima vez que sacara un plato del microondas, se acordaría de traerlo a la mesa con un trapo, ya que, como comprobó esa noche, quema demasiado.

 

 


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7 de Julio de 2003